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martes 4 de julio de 2017, 01:00

Santo Tomás, Apóstol

Hoy meditamos el Evangelio según San Juan 20, 24-29.

Trae tu mano y toca la señal de los clavos: y no seas incrédulo, sino creyente.

Nunca nos fallará el Señor. No fallemos nosotros a nuestros hermanos. No olvidemos que todos –nosotros también– podemos pasar por una etapa de ceguera y de desaliento. Nadie en la familia y entre los amigos es irrecuperable para Dios, porque contamos con la poderosa ayuda de la caridad y de la oración, que adquiere entonces manifestaciones tan diversas, y de la gracia.

Con la Liturgia pedimos hoy al Señor: … concédenos celebrar con alegría la fiesta de tu Apóstol Santo Tomás; que él nos ayude con su protección para que tengamos en nosotros vida abundante por la fe en Jesucristo, tu hijo, a quien tu Apóstol reconoció como su Señor y su Dios.

La Virgen, que tan cerca estaba en aquellos días de los Apóstoles, seguiría atenta la evolución del alma de Tomás. Quizá fue ella la que impidió que el Apóstol se alejara definitivamente. Nosotros le confiamos hoy nuestra fidelidad al Señor y la de aquellos que de alguna manera Dios ha puesto a nuestro cuidado. “Virgen fiel…, ruega por ellos… ruega por mí!”.

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “La consolación es este rehacer todo no una vez, sino muchas veces, con el universo y también con nosotros. Este rehacer del Señor tiene dos dimensiones que es importante subrayar. Cuando el Señor se acerca nos da esperanza, el Señor rehace con esperanza, siempre abre una puerta. Siempre. Cuando el Señor se acerca a nosotros no cierra las puertas, las abre. El Señor en su cercanía nos da la esperanza, esta esperanza que es una verdadera fortaleza en la vida cristiana. Es una gracia, es un don. […]

Acercarse y dar esperanza, acercarse con ternura. Pero pensemos en la ternura que ha tenido con los apóstoles, con la Magdalena, con los de Emaús. Se acercaba con ternura: ‘dadme de comer’. Con Tomás: ‘pon tu dedo aquí’. El Señor siempre es así. Así es la consolación del Señor. Que el Señor nos dé a todos nosotros la gracia de no tener miedo de la consolación del Señor, de estar abiertos: pedirla, buscarla, porque es una consolación que nos dará esperanza y nos hará sentir la ternura de Dios Padre”.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).