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domingo 19 de marzo de 2017, 01:00

Santificar el descanso

En otras ocasiones es Jesús quien se encuentra verdaderamente cansado del camino y se sienta junto a un pozo porque no puede dar un paso más. Él sintió algo tan propio de la naturaleza humana como es la fatiga. La experimentó en su trabajo, como nosotros cada día, en los treinta años de vida oculta. En muchas ocasiones, terminaba la jornada extenuado.

En estos momentos de desgaste físico real, Jesucristo está redimiendo a la humanidad, y su debilidad debe ayudarnos a sobrellevar la nuestra y corredimir con Él. ¡Qué gran consuelo contemplar al Señor agotado! ¡Qué cerca de nosotros está Jesús en esos momentos!

El Señor entiende bien nuestra fatiga porque Él pasó por esas situaciones similares a las nuestras. Nosotros debemos aprender a recuperarnos junto a Él: Venid a mí –nos dice– todos los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Jesús se vale de los momentos en que toma nuevas fuerzas para remover las almas. Mientras descansa junto al pozo de Jacob, una mujer se acercó dispuesta a llenar su cántaro de agua. Esa será la oportunidad que aprovechará el Señor para mover a esta mujer samaritana a un cambio radical de vida.

Nosotros sabemos que ni siquiera nuestros momentos de fatiga deben pasar en vano. “Solo después de la muerte sabremos a cuántos pecadores les hemos ayudado a salvarse con el ofrecimiento de nuestro cansancio. Solo entonces comprenderemos que nuestra inactividad forzosa y nuestros sufrimientos pueden ser más útiles al prójimo que nuestros servicios efectivos”. No dejemos nunca de ofrecer esos periodos de postración o de inutilidad por el agotamiento o la enfermedad. Ni en esas circunstancias dejemos de ayudar a los demás.

A propósito del evangelio de hoy, el papa Francisco dijo: “En el Credo profesamos la fe en el Espíritu Santo, que es Dios, ‘Señor y dador de vida’. Él es la fuente inagotable de la vida divina en nosotros. Es ‘el agua viva’ que Jesús prometió a la samaritana para saciar para siempre la sed, colmar los anhelos más profundos y más altos del corazón humano. Jesús ha ‘venido para que tengan vida y la tengan abundante’”.

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, Cristo lo ha derramado en nuestro corazón, para hacernos hijos de Dios y para que nuestra vida sea guiada, animada y alimentada por Él. Esto es precisamente lo que entendemos al decir que el cristiano es un hombre espiritual: Una persona que piensa y actúa inspirado por el Espíritu Santo.

Así, la existencia del cristiano, dice san Pablo, es animada por el Espíritu Santo y rica de sus frutos, que son: “Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí”. El don precioso del Espíritu Santo es, pues, la vida misma de Dios.

Jesús promete a la samaritana donar un “agua viva”, con abundancia y para siempre, a todos aquellos que lo reconocen como el Hijo enviado por el Padre para salvarnos. Jesús ha venido a donarnos esta “agua viva” que es el espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios. Cuando decimos que el cristiano es un hombre espiritual nos referimos justamente a esto: El cristiano es una persona que piensa y actúa según Dios. Y nosotros, ¿Actuamos según Dios? O ¿nos dejamos guiar por tantas otras cosas que no son Dios?”.

(Del libro Hablar con Dios, y http://w2.vatican.va/)