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martes 20 de junio de 2017, 01:00

Santidad en el mundo

Hoy meditamos el Evangelio de San Mateo 5, 43-48. No se contenta el Señor con una vida interior tibia y con una entrega a medias. A todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto. Por esto purifica el Maestro a los suyos, permitiendo pruebas y contradicciones.

“Si el orfebre martillea repetidamente el oro, es para quitar de él la escoria; si el metal es frotado una y otra vez con la lima es para aumentar su brillo. El horno prueba la vasija del alfarero, el hombre se prueba en la tribulación”. Todo dolor –físico o moral– que Dios permite, sirve para purificar el alma y para que demos mayor fruto. Así hemos de verlo siempre, como una gracia del Cielo.

Todas las épocas son buenas para meternos en caminos hondos de santidad, todas las circunstancias son oportunas para amar más a Dios, porque la vida interior se alimenta, con la ayuda constante del Espíritu Santo, de las incidencias que ocurren a nuestro alrededor, de modo parecido a como hacen las plantas.

Ellas no escogen el lugar ni el medio, sino que el sembrador deja caer las semillas en un terreno, y allí se desarrollan, convirtiendo en sustancia propia, con la ayuda del agua que les llega del cielo, los elementos útiles que encuentran en la tierra. Así salen adelante y se fortalecen.

A propósito del Evangelio de hoy el papa Francisco dijo: “Amen, hagan el bien, bendigan, recen y no rechacen. Es darse a sí mismo dar el corazón, precisamente a los que no nos quieren, a los que nos hacen mal, a los enemigos. Y esta es la novedad del Evangelio.

Jesús nos muestra que no tenemos mérito si amamos a los que nos aman, porque eso lo hacen también los pecadores. Los cristianos, en cambio, están llamados a amar a sus enemigos: “Hagan el bien y presten sin esperar nada. Sin interés y su recompensa será grande”.

Vayan por el camino de Jesús, que es la misericordia; sean misericordiosos como su Padre es misericordioso. Solo con un corazón misericordioso podremos hacer todo lo que el Señor nos aconseja. Hasta el final.

(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, y https://www.pildorasdefe.net)