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miércoles 19 de octubre de 2016, 01:00

Saneamiento moral de la nación

Ayer publicábamos el capítulo cinco sobre El ídolo del dinero, de la carta escrita por los obispos del Paraguay el 12 de junio de 1979.

Presento algunas de las consecuencia de la Carta Pastoral.

“La brecha de la desigualdad económica entre los ricos y los pobres tiende a aumentar: los pocos ricos son cada vez más ricos”.

Se estimulan necesidades artificiales, se frustra a la gente provocándolas con lo que no pueden comprar, se desequilibran los presupuestos familiares.

Aumentan las explotaciones comerciales de las diversiones populares, cuyos organizadores acaban robando y corrompiendo al pueblo humilde principalmente.

En síntesis, con este consumismo materialístico se han polarizado el interés egoísta, el afán del dinero, el deseo insaciable de tener más en detrimento gravísimo del ser más.

Al perderse la disciplina del trabajo honesto y subestimar la honradez, hemos llegado a la apología de la ganancia fácil y de la explotación humana.

Despreciando la austeridad en la manera de vivir, hemos caído en el sufrimiento de la codicia y de la envidia de lo que no tenemos. Se llega a considerar ingenuo a quien es honrado y no busca explotar a su semejante”.

He meditado sobre todo este capítulo quinto y, reflexionando sobre el presente en que vivimos, encuentro que ahora estamos mucho peor.

La pobreza ha aumentado y existe verdadera hambre en el pueblo carenciado.

El salario mínimo se acaba en las familias después del 25 de cada mes. Y comienza un endeudamiento que nunca acaba. En muchos estratos sociales se considera al salario mínimo como el máximo. Y, en muchísimos más, el salario no llega al mínimo.

Por otra parte, unos pocos (¿200 familias?) ganan como nunca han ganado con la agravante de que la soja en su exportación no paga impuesto y es el rubro más rico. Y su cultivo, siempre creciente, expulsa inexorablemente a los campesinos de su valle.