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lunes 26 de marzo de 2007, 00:00

Salto del Guairá sufre por dos curas envueltos en escándalos

Los feligreses no se reponen del shock, tras enterarse de que un sacerdote a quien admiraban era homosexual y que, por reincidencia en sus acosos, debió marcharse, no sin antes acusar de mujeriego al párroco local.
Por Susana Oviedo
soviedo@uhora.com.py
Isidora Espínola, parroquiana de la iglesia San Miguel Arcángel, de Salto del Guairá, pregunta con visible preocupación: "¿Cómo explicar a nuestros hijos, alumnos del colegio parroquial, que uno de los sacerdotes fue suspendido por homosexual y que el que queda está tildado de mujeriego?".
Su dilema es compartido por otros feligreses de la comunidad, a quienes sorprendimos en una reunión, en pleno mediodía, analizando el escándalo que se desató a partir de una carta pública del sacerdote verbita Juan Manuel Martínez, suspendido en sus licencias ministeriales a partir del 1 de marzo, por haber reincidido en actos de homosexualidad con un joven. Solo que esta vez en la ciudad de Salto del Guairá, Canindeyú.
Su carta terminó obligando a monseñor Rogelio Livieres Plano, obispo de la diócesis de Ciudad del Este –que abarca Alto Paraná y Canindeyú– a emitir un comunicado y contar la verdad sobre el cura. Fue así como la población se enteró, a un año de la llegada del padre Juan Manuel, que éste ya había perdido el permiso para ejercer el sacerdocio en el 2005, tras ser denunciado por acoso sexual a varios jóvenes de la parroquia San Lucas, de Ciudad del Este, y el cura había aceptado la acusación.
En aquella oportunidad, el obispo, con el consentimiento del religioso, lo envió a Brasil para un tratamiento. Tras la terapia, y por insistencia del superior de la Congregación, padre Carlos Melvin, Livieres admitió que Juan Manuel se reincorporara a la actividad pastoral, aunque sin cargo eclesiástico. Lo destinó a la parroquia San Miguel Arcángel, de Salto del Guairá, en marzo del 2006, "bajo la atención cuidadosa del párroco", Isidoro Cabral.
En poco tiempo, el padre Martínez se ganó el aprecio de las familias. Celebraba misa, visitaba a los enfermos, realizaba dirección espiritual, pero no se involucraba en las actividades del Colegio Bruno Otte, que funciona en el predio de la parroquia. "Cautivó a la gente, tiene una capacidad extraordinaria de convencimiento. Pero también empezó una campaña de difamación en mi contra", refiere Cabral, en cuya parroquia recaló su compañero de congregación, de quien destaca su indudable espiritualidad, aunque reconoce que "eso no basta".
Cabral asegura que la persona "implicada" en relaciones sexuales con el padre Juan Manuel vino a contarle lo sucedido, y que de esto informó primero al superior de la congregación y luego al obispo. "Tuve que corroborar el hecho, porque tampoco voy a ser cómplice", sostiene.

MENTIRAS. Como impacto, la feligresía local, al decir de Ramón Peralta, se siente doblemente engañada. "Nos dijeron que el padre Martínez se iba por término de misión, y no por reincidir en una inconducta. Nos mintieron todos: el párroco, el obispo, la Congregación", lamenta.
Gladys Vera de Cuéllar responsabiliza de lo ocurrido al padre Cabral: "Él nos dividió. Nuestra Iglesia está triste, y si ahora pedimos que se vaya, no es por venganza, sino porque abusó demasiado", explica.
En un pueblo pequeño se sabe todo, pero en Salto del Guairá, en el tiempo que llevaba el padre Martínez, en ningún momento circuló siquiera el rumor de que acosaba a jovencitos o llevaba una vida paralela. Por el contrario, "estábamos muy felices con su presencia. Ni a mí ni a los otros miembros de esta comunidad nos consta que haya tenido una conducta reprochable", remarca Gladys Miranda de Brítez.
Ella también cuestiona: "¿Por qué el obispo envió acá, a una parroquia con un colegio de 300 niños y adolescentes, a un cura que él sabía bien que había tenido serios problemas en una iglesia de Ciudad del Este?".

ESCÁNDALO. El escándalo cobró vuelo con la carta que Martínez escribió y entregó a un periodista. En ella niega haber reincidido y asegura haber salido "de un estado de coma, camino a la sanación total", y se expresa sorprendido por la suspensión que le impuso el obispo, sin permitirle confrontar una supuesta nueva acusación.
En la carta responsabiliza de su suerte a su par, Isidoro Cabral, a quien cita como "un hombre de larga trayectoria de abuso y acoso sexual, cuyo problema está latente y nunca se enfrentó, porque el dolor y la vergüenza natural de las mujeres jamás permitieron dar a conocer los casos concretos".
Habló de que Cabral simplemente lo sacó de en medio, por celo y envidia, al verlo tan apreciado por los parroquianos. Para Cabral, en cambio, Martínez reincidió, pese a saber lo que le esperaba.

P. Isidoro Cabral: "No soy juez de mi par"
"No soy, como algunas personas piensan, juez de mi hermano sacerdote, el padre Martínez. Tampoco es verdad que disminuyó el número de fieles en la parroquia. Yo mantuve el sigilo. No podía estar gritando a la gente: '¡Cuídense de él!'. Por otro lado, tengo que salvaguardar la intimidad e imagen de la persona que lo denunció, ni decir si era un menor o un adulto."