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Opinión
domingo 5 de febrero de 2017, 01:00

Romance de secundaria

Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Vivimos en una democracia incompleta. Nunca terminamos de armarla. Renguea por una de sus patas principales, la justicia; y ha estado a punto de caerse varias veces desde que la parimos con dolor y sangre hace ya 28 años.

Pero no podemos tener la menor duda de que vivir bajo esta democracia mostrenca, aunque debamos estar vigilantes todo el tiempo para que no tropiece, es infinitamente mejor que vivir sin ella.

No hubo nunca en la historia un periodo tan largo de libertades, y hemos hecho uso de esas libertades con la torpeza propia de quien nunca fue preparado para ejercerlas, ni tiene registros en la memoria colectiva sobre cómo se hace uso correcto de ellas.

Los partidos se habían acostumbrado a prosperar o a sobrevivir en dictadura –haciendo abuso del poder o destinando toda la inteligencia al único esfuerzo de resistir ese abuso– y hasta ahora siguen apadrinando liderazgos que carecen del talento necesario para construir en democracia.

Tenemos así un pueblo que no sabe organizarse para hacer un uso productivo de sus libertades, para ejercer una presión eficiente sobre sus mandatarios y convivir respetando las libertades y los derechos del otro. Y tenemos una clase política incapaz de gobernar mediante acuerdos, mediante la búsqueda de consensos. El diálogo es pobre y los debates fangosos, cargados de miseria. Se gobierna o se hace oposición contra el otro.

En medio de esto hay una prensa que solo conoció dos caminos, el de la resistencia corajuda y muchas veces suicida que enfrentó al régimen y la que calló o fue cómplice del poder. Esa misma prensa se ha multiplicado y hoy mantiene vestigios de las sendas pasadas, mezcladas con algunas cuotas de profesionalismo, otras de intereses comerciales y sectarios, ideología, corrupción, militancia y la incertidumbre que provocan los vertiginosos cambios tecnológicos.

En este escenario es lógico que tengamos una clase política con funciones de opereta como la denuncia del magnicidio en grado de tentativa en un chat virtual, o la afirmación de que este es el peor momento de la democracia desde el 89.

En general, no hemos perdido las libertades públicas y la Constitución sigue vigente. La justicia sigue siendo una meretriz que hoy puede comprar un grupo y mañana otro, el poder de turno muere de ganas por romper las reglas de juego para permanecer (como les pasó a todos) y la oposición esgrime un discurso contestatario tan carente de ideas como siempre.

Y los problemas de fondo siguen allí. La educación y la salud pública en quiebra, la inequidad social como marca país y la mediocridad como parámetro positivo.

¿Es para desesperar? En absoluto. Somos menos tolerantes con la corrupción, mucho más demandantes con el poder, tenemos niños y jóvenes que han demostrado capacidad para organizar reclamos y aprendimos a cambiar el voto cuando nos sentimos defraudados.

No es un país fácil, pero hoy tenemos la posibilidad de mejorarlo y en democracia. Puede que sea un mero instinto de supervivencia, pero sigo siendo tan optimista como cuando era un estudiante de secundaria hace 28 años y me enamoré de la libertad.