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Opinión
sábado 13 de agosto de 2016, 01:00

Recuerdos de la plácida era prenarcótica

Por Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com
Por Alfredo Boccia

Una de las mejores cosas de mi vida es haber pasado la infancia y parte de mi adolescencia en Bella Vista, un pueblito del Amambay separado de la ciudad matogrosense del mismo nombre por el bucólico río Apa, que debía cruzarse en canoas.

Era una odisea llegar a Bella Vista. De hecho, lo es hasta ahora, pues la ansiada ruta asfaltada aún sigue construyéndose. No era algo que nos importara, la ruralidad tiene sus encantos. Años después, cuando mi familia se mudó a Asunción, pude comprobar que la niñez en el interior me había dado una visión del mundo distinta, casi siempre más rica, que la de mis compañeros de colegio que se habían pasado la vida en el centro asunceno.

En esa comunidad de pocos miles de pobladores, impregnados de una amalgama cultural fronteriza, todos se conocían, cuando no eran parientes. Pueblo apacible, sin mayores novedades ni peligros. Caminar a la noche por sus calles de tierra y pasto no implicaba riesgos, excepto atropellar alguna vaca dormida o pisar su estiércol. Recuerdo las largas caminatas matinales con mis hermanas y una legión de compañeritos hasta la escuela parroquial, observados y saludados por los vecinos desde sus casas. Eran comerciantes, agricultores, empleados, pequeños ganaderos. Gente buena y, por lo general, muy tranquila.

Esa imagen idílica que guardaba en la memoria no se modificó mucho con el paso de los años. Hubo muchos más cambios en la Bela Vista brasileña. Allí, las políticas públicas, las instituciones y los servicios estatales ensancharon la brecha del desarrollo entre las ciudades vecinas. Nada que no haya ocurrido en todas nuestras fronteras.

Todo cambió cuando empezaron a llegar ellos. De los narcos ya se hablaba en la década del setenta. Se contaban historias truculentas que parecían muy lejanas, aunque ocurrían en la cercana capital departamental, Pedro Juan Caballero. Poco a poco, su presencia se fue notando en Bella Vista: signos de ostentación, estancias fastuosas y violencia creciente. Hoy nada distingue a mi ciudad natal de las otras de la región, dominadas por las narcobandas que se disputan las rutas del tráfico.

Las cosas empeoraron con la expropiación de las 220.000 hectáreas de Antebi Cué para la reforma agraria. Lo que debía ser colonizado por campesinos sin tierra se convirtió en una zona liberada ocupada por políticos sinvergüenzas, empresarios brasileños y narcotraficantes. Los bellavisteños fueron acostumbrándose al miedo, los asesinatos y al sicariato. Era solo cuestión de tiempo para que las ejecuciones alcancen a algún político notorio.

La memoria nos hace trampas y por eso imaginamos que el lugar donde pasamos nuestra infancia es distinto a lo que vemos hoy. Lo que duele es que esos cambios no sean obra del inexorable progreso, sino del virtual secuestro de una ciudad entera por el narcopoder.