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viernes 31 de marzo de 2017, 01:00

Reconocer a Cristo en los enfermos y en la enfermedad

Hoy meditamos el Evangelio según San Juan 7,1-2.10.25-30.

La enfermedad, llevada por amor de Dios, es un medio de santificación, de apostolado; es un modo excelente de participar en la Cruz redentora del Señor.

El dolor físico, que tantas veces acompaña la vida del hombre, puede ser un medio del que Dios se vale para purificar las culpas e imperfecciones, para ejercitar y fortalecer las virtudes, y una oportunidad especial para poder unirnos a los padecimientos de Cristo que, siendo inocente, llevó sobre sí el castigo que merecían nuestros pecados.

Hemos de pedir ayuda al Señor para llevar la enfermedad también con garbo humano, procurando no quejarse, obedeciendo al médico. Pues “mientras estamos enfermos, podemos ser cargantes: No me atienden bien, nadie se preocupa por mí, no me cuidan como merezco, ninguno me comprende...

El que sufre en unión con el Señor, completa con su sufrimiento lo que falta a los padecimientos de Cristo. “El sufrimiento de Cristo ha creado el bien de la redención del mundo. Este bien es en sí mismo inagotable e infinito. Ningún hombre puede añadirle nada. Pero, a la vez, en el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre.

El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo:

“La palabra del Señor, ayer como hoy, provoca siempre una división: La palabra de Dios divide, ¡siempre! provoca una división entre quien la acoge y quien la rechaza. A veces también en nuestro corazón se enciende un contraste interior; esto sucede cuando advertimos la fascinación, la belleza y la verdad de las palabras de Jesús, pero al mismo tiempo las rechazamos porque nos cuestionan, nos ponen en dificultad y nos cuesta demasiado observarlas”.

(Del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal y http://es.catholic.net/op/articulos/14359/cat/565/estamos-en-manos-de-dios.html)