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Opinión
sábado 25 de febrero de 2017, 02:00

Puré de banderas e ideologías

Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com.py
Por Alfredo Boccia Paz

La política paraguaya siempre estuvo fantásticamente fragmentada. La división tribal nos viene de nuestra historia profunda, de nuestros genes originarios. Pero era fácil la comprensión de los conflictos. Durante doscientos años nos dividimos entre colorados y liberales, diferenciados por una polca, un color y una tradición familiar. Nada muy difícil de identificar, digamos.

Durante la dictadura se enfrentaron stronistas contra antistronistas. Pese a alguna contaminación muy minoritaria –entre los stronistas había liberales geniolitos y levirales, y entre los antistronistas estaban los colorados del Mopoco–, las cosas eran claras. Los stronistas ocupaban cargos públicos y los antistronistas jamás, por ejemplo.

Más recientemente inauguramos la división por motivos ideológicos. Ocurrió cuando la izquierda tuvo a Lugo, porque antes nuestro espectro partidario tenía tortícolis con vista a la derecha. Fue toda una novedad y, aunque aquello haya llegado al país con atraso, nos entregamos con entusiasmo a la tarea de partirnos entre zurdos y fachos. Tampoco en esa época existían mayores dificultades en reconocerlos.

Creo que todo comenzó a pudrirse en el 2012, con el juicio político a Lugo. Allí la lógica de las divisiones barajó mal las cartas, distribuyéndolas entre golpistas y antigolpistas. Resultó que en el primer bando había un conglomerado muy amplio –ANR, PLRA, Unace, PDP y PEN– y en el segundo quedaba solo un pequeño grupete progresista. A partir de entonces, nuestras divisiones ya no fueron las de antes.

Hoy todo es confuso. El país está roto entre los que están a favor o en contra de la enmienda. A los primeros los acusan de ser cartistas y a los otros de anticartistas, aunque las cosas están lejos de ser tan simples. La imposibilidad constitucional de la reelección unió repentinamente a interesados que están en las antípodas políticas, fumigó con amnesia antiguas traiciones y convirtió a las ideologías en fútiles adminículos. Cuando el Paraguay se divide entre dos grupos surrealistas, el análisis político se complica. Es imposible diferenciarlos por el color de sus banderas. Hay colorados y liberales en ambos sectores. La ideología no ayuda: hay zurdos y fachos de ambos lados. Ni siquiera el pasado reciente sirve: lo de golpistas o antigolpistas se volvió anacrónico: los hay en las dos partes.

Felizmente para el análisis, se ha preservado el odio. Los contendientes se odian entrañablemente. Es un alivio, pues hasta las divisiones deben ser bien organizadas. A los efectos de la clasificación, el antagonismo es bienvenido, imposible odiar al otro si no están claras las antinomias. ¿Cómo desarrollar un odio saludable al enemigo si este tiene una bandera del mismo color que nosotros? ¿Cómo insultar con credibilidad al zurdo, si el compañero de al lado usa una remera del Che? Sorprendente nuestro país. Ingresó a la era de la posideología de la mano de su robusta tradición kachiãi.