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Opinión
domingo 8 de enero de 2017, 01:00

Por qué no más Cartes

Por Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Ya estoy grande para saber que la realidad no es blanca o negra sino una amplia gama de grises, y cargo con suficientes administraciones en la memoria periodística como para conocer los síntomas del tercer año de Gobierno; la obsesión con la reelección, las teorías de conspiración, los rumores de golpe, los presuntos intentos de desestabilización, el manejo irresponsable del presupuesto y la radicalización de posiciones.

También para saber que a partir del tercer año solo podés considerar al Gobierno el peor de la historia o reivindicar al presidente como el salvador de la patria.

No hay espacio para opiniones intermedias, para los tibios. O por lo menos eso es lo que los fanáticos –interesados o no– pretenden hacernos creer. Pues bien, para escándalo de estos debo decir que soy de los que cree que las cosas se han venido haciendo cada vez un poco mejor (o menos mal) a contar desde Nicanor; que cada administración superó a la anterior, y que, sin embargo, ninguna hizo méritos suficientes como para considerar necesaria su reelección.

Y voy a centrarme en el caso de Cartes porque es el que está de turno. Su administración es, en muchos aspectos, superior a las anteriores. La ejecución en obras públicas bate récords, el gasto social también es mayor a la de los ejercicios pasados; por primera vez hay una reducción porcentual de los impuestos que se destinan a pagar salarios y, en general, el manejo de la mayoría de las empresas públicas está dando mejores resultados.

Nunca antes hubo tanta información disponible sobre el gasto del Estado, hasta los salarios de las binacionales son públicos; y, salvo vergonzosas excepciones, hubo más control en el acceso a la función pública. Esto solo por citar algunos de sus logros.

¿Son suficientes como para plantearnos su reelección?

En absoluto. El Gobierno es mejor que los anteriores, pero al igual que los otros, no dio un solo paso hacia las reformas de fondo, las que son absolutamente necesarias para que haya una mejora sustancial en la calidad de vida de TODOS los paraguayos.

Cartes jamás tuvo la intención siquiera de revolucionar la educación pública. Nunca propuso un modelo nuevo de atención a la salud, no lo tiene. Nunca encaró un plan de regularización de la tenencia de tierras; y ni siquiera exploró una reforma del sistema judicial, solo por citar algunas cuestiones básicas.

Y no lo hizo porque cualquier cambio en estas áreas (que son las realmente importantes) implica debatir y buscar acuerdos con los más variados sectores sociales y políticos. Para lograr hacer esas reformas se requiere de una irrenunciable vocación democrática y del talento político suficiente como para convencer, entusiasmar y lograr adhesiones para la causa.

Y ese es el drama de Cartes. No tiene el talento político, la visión, la vocación democrática ni la tolerancia necesarios para convertirse en estadista.

Y nos urge un estadista. Con que sea solo mejor que los anteriores no basta. No sé usted, pero yo no quiero más de lo mismo. Que pase el siguiente.