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Opinión
miércoles 21 de junio de 2017, 01:00

Política cabaretera

Miguel Benítez – TW: @maikbenz
Por Miguel Benítez

No resulta nada nuevo que el escenario político en Paraguay no se caracteriza principalmente por los méritos y la preparación académica. El concepto de aristocracia que proponían Platón y Aristóteles para establecer el gobierno de los mejores (los más sabios, no los más ricos ni las clases dominantes) se fue bastardeando en todo el mundo a través del tiempo. En nuestro terruño, el vocablo mutó hasta el punto de que una pañoleta colorida en el cuello, un ráting mediático o seguidores en redes sociales pueden determinar quién es el mejor candidato para gobernar.

Sin embargo, pese a quién le pese, los cuestionados personajes que llegan a tomar decisiones en el Palacio de López, en el Congreso, en las gobernaciones o en los municipios tuvieron el respaldo de una importante cantidad de gente. Es decir, esas personas se vieron representadas por los candidatos, sin importar el currículum, ni mucho menos los antecedentes. Significa que la política cabaretera, esa que hace espectáculos (hasta bochornosos) para llamar la atención, lastimosamente sigue siendo rentable.

Claro, la compra de votos también es una práctica común y uno puede criticar a los ciudadanos que comercializan sus voluntades, pero nuevamente tiene un mismo origen: la pobreza, tanto material como intelectual. Esa familia humilde que vive en lo más recóndito de Caazapá no ve una mejora en el horizonte, pues los desfiles partidarios para la foto solo aparecen cada lustro. Con hambre, los G. 50.000 que reciben cada cinco años por cédula parecen ser una gran ganancia. Y esto se debe en gran medida a los espejitos que venden los renombrados políticos. Por algo se jactan de ser duques en sus feudos y llegan a ocupar un asiento en Diputados o Senadores.

Indudablemente, el desbloqueo de las listas sábana será una herramienta muy poderosa (si es que alguna vez se animan a aprobar la iniciativa), pero solo no será suficiente para cambiar una estructura bastante oxidada. La ciudadanía necesita educación, preparación y entender que su voto vale mucho más que mero fanatismo o pocos billetes en campañas electorales. Pero ¿cómo mejorar la educación de los más vulnerables si esta vuelve a depender de los gobernantes de turno? Las universidades, las organizaciones civiles y los medios de comunicación deben asumir el rol de cambiar los paradigmas. Se tiene que hacer comprender que la corrupción no es buena, que los premios prebendarios pueden parecer dulces, pero que a la larga la corruptela solo genera pobreza y subdesarrollo, tal como se ve en las estadísticas.

Martin Luther King exclamó en 1963 que soñaba con una nación donde el color de piel ya no determine quién es mejor persona. En Paraguay, muchos soñamos que las personas más idóneas (que hay muchas) sean las tomadoras de decisiones en el Estado y que el color de una pañoleta ya no defina quién es mejor. Que se terminen el circo y el espectáculo cabaretero.