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martes 21 de marzo de 2017, 01:00

Perdonar y disculpar

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 18, 21-35.

En el trato con los demás, en el trabajo, en las relaciones sociales, en la convivencia diaria, es inevitable que se produzcan roces. Es también posible que alguien nos ofenda, que se porte con nosotros de manera poco noble, que nos perjudique. Y esto, quizá, de forma un tanto habitual. ¿Hasta siete veces he de perdonar? Es decir, ¿he de perdonar siempre?

“Lejos de nuestra conducta, por tanto, el recuerdo de las ofensas que nos hayan hecho, de las humillaciones que hayamos padecido –por injustas, inciviles y toscas que hayan sido–, porque es impropio de un hijo de Dios tener preparado un registro, para presentar una lista de agravios”. Aunque el prójimo no mejore, aunque recaiga una y otra vez en la misma ofensa o en aquello que me molesta, debo renunciar a todo rencor. Mi interior debe conservarse sano y limpio de toda enemistad.

El papa Francisco, a propósito del evangelio de hoy, dijo: “¿Por qué nos deberíamos convertir? La conversión concierne al ateo que se vuelve creyente, de pecador se hace justo, pero nosotros no tenemos necesidad, ¡ya somos cristianos! Entonces estamos bien”.

Pensando así, no nos damos cuenta de que es precisamente de esta presunción que debemos convertirnos –que somos cristianos, todos buenos, que estamos bien–: de la suposición de que, en general, va bien así y no necesitamos ningún tipo de conversión. Pero, ¿es realmente cierto que en diversas situaciones y circunstancias de la vida tenemos en nosotros los mismos sentimientos de Jesús? ¿Es verdad que sentimos como él? Por ejemplo, cuando sufrimos algún mal o alguna afrenta, ¿logramos reaccionar sin animosidad y perdonar de corazón a los que piden disculpas? ¡Qué difícil es perdonar! ¡Cómo es difícil!

“Me las pagarás”: esta frase viene de dentro. Cuando estamos llamados a compartir alegrías y tristezas, ¿lloramos sinceramente con los que lloran y nos regocijamos con quienes se alegran? Cuando expresamos nuestra fe, ¿lo hacemos con valentía y sencillez, sin avergonzarnos del Evangelio? Y así podemos hacernos muchas preguntas. Siempre tenemos que convertirnos, tener los sentimientos que Jesús tenía”.

(Del libro Hablar con Dios y http://es.catholic.net/).