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Opinión
lunes 20 de febrero de 2017, 02:00

Paraguaya, porteña y sesentista

Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

En 1969, en Buenos Aires, Augusto Ros Bastos comenzó a compilar Yo el Supremo. Venía de un experimento fallido con la primera versión de Contravida, la novela que publicaría recién en 1994, después de que el Premio Cervantes le trajera aparejados contratos ventajosos, y reflotara historias en las que había trabajado sin cerrarlas, si hemos de creerle al autor, desde fines de los años 40.

Pero a fines de los 60, Roa estaba en una situación muy distinta: Le estaba peleando a muerte –como una especie de Jacob exiliado de su lengua– contra el Ángel de la Escritura, en una referencia bíblica recurrente en él desde su primer relato, Lucha hasta el alba, hasta la citada Contravida. Ya los cuentos de Moriencia (1969) –compuestos por los vibrantes despojos de aquella malograda novela, bajo la forma de cinco relatos nuevos–, habían empezado a mostrar transformaciones del sustrato ético-ideológico de su escritura: En una entrevista de 1970 en la revista bonaerense Los libros, había escrito una sugestiva Autocrítica con respecto a su obra narrativa anterior, infestada de las malezas del naturalismo y jalonada por un mesianismo comprometido que ya no se sostenía, por lo menos de la manera que en su literatura se mostraba, según explicaba el propio Roa Bastos.

La importancia cardinal de aquella revista argentina, y de su entorno intelectual y político, en el periodo de escritura de Yo el Supremo, es señalada con suma precisión por la crítica argentina Nora Bouvet, en su libro Estética del plagio y crítica política de la cultura en Yo el Supremo (Servilibro, 2009). La publicación mensual dirigida por Héctor Schmucler era una heterodoxa puesta en escena de las modernas teorías críticas devenidas del marxismo, el sicoanálisis, el estructuralismo y la semiología. Bachelard, Barthes, Blachot, entre otros, eran los referentes europeos de aquel grupo de afrancesados intelectuales, asociados a un amplio arco de la izquierda argentina, entre los que se encontraba Roa. Siendo mayor que prácticamente todos ellos –Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, Noé Jitrik, Josefina Ludmer, entre otros– el escritor paraguayo era un colaborador más de la revista, amigo de varios de los más jóvenes como Piglia, y tan compenetrado con el grupo que hacía Los libros que la persona que diagramó la primera edición de Yo el Supremo para Siglo XXI Editores era la misma que diagramaba la revista.

Bouvet define a la novela de Roa Bastos como una obra "paraguaya, porteña y sesentista". Las marcas típicas del mundillo cultural de Buenos Aires de la época en que fue escrita está en ella: Sicoanálisis, estructuralismo, antropología, lingüística, revisionismo histórico. Y cierto aire de vanguardia posindustrial que hizo que Roa Bastos sugiriera a su editor argentino que el libro no estuviera firmado por él no más que como compilador del mismo, para agregar otra capa de ficción a la gigantesca que había creado a lo largo de cinco años de escritura. El editor, muy porteñamente por supuesto, lo mandó a la mierda con la idea.