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Por César González Páez
Periodista
cesarpaez@uhora.com.py
Egidio Bernardier es un escritor oriundo de Villarrica. Muy joven llegó a Asunción, para estudiar y trabajar. Aquí entabló una relación muy cercana, primero como asistente y luego como amigo personal del escritor José-Luis Appleyard, al punto de vivir más de diez años juntos en el derrotero de la literatura que, por aquellos años, los 70, se presentaba como una vocación difícil de asumir como medio de vida.
¿Cómo fue que se entabló esta amistad tan duradera?
El mismo Egidio Bernardier nos cuenta cómo se produjo. Cabe señalar que nuestro entrevistado tuvo oportunidad de contar esta experiencia en una visita realizada a principios de año, pues actualmente reside en Nueva York. Con palabras sencillas comenta el primer encuentro.
--Conocí a José-Luis entre otros poetas como Dora Gómez Bueno de Acuña, poeta erótica de la década del 60; Elsa Wiezell, poeta metafísica; María Luisa Artecona de Thompson, poeta denunciativa; Ana Iris Chaves de Ferreiro, prosista, cuentista; Jacobo Rauskin, premio Nacional de los últimos años; Osvaldo González Real, crítico hoy día; Pratt Mayans, desaparecido de la farándula literaria desde hace muchísimo. Esto fue en la casa de Ida Talavera de Fracchia, quien organizaba tertulias literarias semanalmente.
--¿Estabas buscando un empleo?
--Yo, entonces, mantenía una amistad con Ida, poeta de muchos méritos, a pesar de la crítica de los descontentos. Ida sabía que yo andaba buscando trabajo como mecanógrafo, y como José-Luis tenía un estudio de abogacía, era abogado de profesión, me contactó con él en una de esas noches de tertulia. Así fue que me quedé trabajando en su estudio jurídico, como secretario y dactilógrafo.
--¿Cómo se dio el hecho de que se fueran posteriormente a vivir juntos?
--Ello obedeció a que José-Luis vivía con su padre, en una casa donde sobraban piezas. Yo rentaba una habitación en una casa de familia, cercana a mi trabajo. A José-Luis le impresionaba mi velocidad para tipear cuando redactaba los documentos para los tribunales. Y fue por un orden práctico, económicamente hablando, que llegamos a la conclusión de que a mí me convenía ocupar una pieza en su casa, que era muy amplia, y él tenía prácticamente un mecanógrafo a su alcance en casi todo momento.
La solidaridad
--¿Cómo se fueron acercando al gusto por la literatura, especialmente por los senderos de la poesía?
--Durante los días de interacción en la oficina, ya se estaba desarrollando una solidaridad en lo que respecta a lo que a los dos nos gustaban: la lectura y la creación literaria. Yo aprendí de él a versificar más por observación que por una enseñanza directa. Yo me sentaba a la máquina y él me dictaba. Y cuando eso no pasaba, yo leía a los clásicos y él departía con su anciano padre. Bajo su mirada escribí mis primeros poemas. Y yo, de alguna manera, colaboré para que José-Luis aumentara su producción de prosa y poesía.
--¿Cómo fue que después de tanto tiempo de convivencia y amistad eso se interrumpió?
--Así es. Con el tiempo cada cual tomó otras perspectivas. Cuando me casé con mi actual esposa, José-Luis y yo bifurcamos nuestras vidas. Con el curso de los años, él ya me consideraba su hijo, y yo a él un padre, juntamente con las nueve musas que se disputaban la maternidad de mi nacimiento.
Sobre aquellos años, Egidio nos cuenta su protagonismo de incentivarlo a participar de un concurso organizado por la Municipalidad de Asunción. Él mismo se encargó de tipear la obra teatral Aquel 1811, hacer las copias y presentar el trabajo a tiempo. Esto le valió a José-Luis Appleyard el primer premio importante en su incipiente carrera como escritor. La obra ganadora fue presentada en la Casa de la Independencia, siendo la única que ha merecido tal honor. La puesta fue presentada en octubre de 1961 por el elenco de la Escuela Municipal de Arte Escénico "Roque Centurión Miranda", con la dirección de Manuel E. B. Argüello y la realización de Julio César Troche.
Muchos recuerdos de una amistad que nunca se interrumpió, a pesar de la distancia, pues relata que en cada viaje que el poeta hacía al exterior, por distintos motivos, siempre elegía una escala en Estados Unidos para quedarse con su amigo. Probablemente para recordar esos años difíciles, pero luminosos a la vez, por tratar de abrirse camino en ese proyecto, por naturaleza bohemio, que es el hecho de escribir poesía.
* La mesa redonda de José-Luis
Appleyard en el Bar San Roque
Un compañero de letras y de bohemia recuerda al poeta como un hombre austero y coherente.
Por Augusto Casola
Escritor
Sigue allí, junto al pilar donde ahora van adheridas unas placas que recuerdan a algunos de quienes compartieron con el poeta charla, tragos y poesía, y acaso cuando cae el silencio que antecede el final de otra jornada, todavía resuene, por un instante, en medio de la brillante iluminación del modernizado Bar San Roque, la voz profunda de José-Luis leyendo alguno de sus poemas recién creados, de los que traía para compartir con aquellos que fueron, por mucho tiempo, los más fieles contertulios de la bohemia asunceña: William Baecker, Miguel Ángel Caballero Figún, Augusto Casola, Luis María Martínez, Hugo Pistilli, José'i Laterza, Hermann Guggiari, Ricardo Rolón y otros tantos, sentados alrededor de José-Luis Appleyard, el poeta por antonomasia en esos días, a quien, salvo en raras ocasiones, era posible encontrar sentado a la mesa redonda del Bar San Roque, tomando una cerveza y fumando el infaltable cigarrillo, con una bolsa de plástico a su lado y algún libro que leía antes de que llegaran sus huéspedes, alrededor de las ocho de la noche.
Volvamos a la década prodigiosa que va de 1975 a 1985. Los años locos en el Paraguay.
Para entonces había pasado la época de la resistencia tenaz a la dictadura, las luchas estudiantiles. La rebeldía se convirtió en adulación; los ideales de la juventud, en dinero; y el dinero comenzó a fluir con la construcción de la represa de Itaipú. Entonces ya casi a nadie le interesaba otra cosa que el trepar hacia la riqueza sin que importaran demasiado los medios. Todo era bueno: la mentira, la delación, el contrabando, el acomodo entre los poderosos para conseguir trabajo y ganar dinero. Y el dinero corría, la moneda nacional, el guaraní, estaba a 126 por dólar, el whisky Johnny Walker etiqueta negra costaba 800 guaraníes, y en las reuniones copetudas --y en las no tanto-- se evaluaba el nivel social de acuerdo a los whiskies añejados de 15 a 25 años, los vinos franceses y el champagne.
Ni la política, con sus pasiones, ni el dinero le importaban demasiado a José-Luis, quien sentado a la mesa redonda, escucha, comenta, ríe, fuma, bebe su cerveza. Está presente y esa presencia, así como su obra, son el más precioso legado que dio de sí el poeta.
El Edicto 209 obligaba a recogerse a partir de las 10.00 de la noche. Por otro lado, se sabía que los intelectuales, los bohemios, los poetas y, en especial, los barbudos, no eran bien vistos por la dictadura. Tolerados, sí, algunos, como José-Luis Appleyard, a quien en más de una ocasión los de la "Caperucita Roja" se encargaron de trasladarlo a su casa --vivía entonces en el barrio Sajonia, en lo del doctor Joel Filártiga--, ya cercana la medianoche, desde el Bar Nick, último refugio de la bohemia, hasta donde íbamos los noctámbulos después de que el San Roque cerrara sus puertas. Allí, tras la cortina de metal bajada, se podía seguir hablando un poco más, luego de pedir con un pollo al spiedo, especialidad de la casa, una que otra cervecita.
Bueno, todo esto es pura nostalgia; pero, como dijo el poeta en uno de sus poemas: "Ya es ayer, pero entonces, era siempre".
Lo que Appleyard decía del San Roque
"Es uno de los bares más antiguos de Asunción, lo que lo convierte en el decano de los de su especie en esta ciudad. Está ubicado en la esquina que forman las calles Eligio Ayala y Tacuary. Su nombre es San Roque, tomándolo, con casi segura presunción, de la iglesia del mismo nombre que le es aledaña. Llegar a fijar un año exacto como el del comienzo de sus actividades como tal resulta algo difícil, pero por los datos obtenidos y de acuerdo con la opinión de su actual propietario, debe de tener la edad del siglo, aproximadamente. En lo que respecta a su construcción y estilo, no constituye un desacierto afirmar que data del siglo anterior y el aspecto de sus puertas y herrajes así lo avalan.
Se puede deducir sin esfuerzo que, por las características del inmueble, este fue construido para albergar salones comerciales, aunque es imposible afirmar que en sus orígenes ya se dedicara a sus actuales actividades. Pero, de todas maneras el Bar San Roque fue escenario, en tantas décadas, de una parte activa de la vida asuncena, y en sus mesas se han sentado desde presidentes de la República --en ejercicio de sus funciones-- hasta humildes campesinos desorientados, quienes encontraban en él un refugio cuando bajaban del tren en la estación, situada a un par de cuadras de este local".
(*) Del reportaje "Tendría la edad del siglo... y sigue andan do", de la edición del Correo Semanal del sábado 12 de marzo de 1983, Págs. 8-9.
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