Romina, nombre ficticio de esta madre de familia que hoy lucha para dejar la adicción al crac, llegó a una situación extrema por culpa de las drogas. Ella, de una posición social acomodada, cuando se involucró en el consumo del chespi se deterioró por completo.
Romina actualmente tiene 33 años, y es madre de dos niñas adolescentes y un varón pequeño, e integra el programa de rehabilitación del Centro de Control de Adicciones.
Según cuenta, no comía y solo pensaba en fumar para pasar el día. Llegó a pesar 45 kilos, teniendo la apariencia de una víctima de los campos de concentración nazis cuando decidió cambiar su rumbo e ingresar al programa.
"Por cosas de la vida me casé a los 15 años con un hombre que traficaba cocaína. No sabía que era narco", recuerda.
Ella se dio cuenta que cuando su marido, en ese entonces, sacaba a pasear a su beba recién nacida había algo detrás, el hombre escondía coca en los pañales.
Romina tuvo una fuerte pelea con su pareja una tarde calurosa de sábado tras haber evidenciado a qué se dedicaba su esposo.
Cuando se dio cuenta, ya era tarde, su marido le había invitado unas líneas de cocaína y desde los 15 años empezó a consumir drogas y se volvió adicta.
"Un día me invitó coca, y yo acepté. Desde ahí hasta hoy continúa mi adicción", señala.
ACOMODADA. Pasaron los años y el hombre con quien Romina se había casado fue asesinado. Luego de la tragedia, ella empezó a recibir ayuda económica de parte de sus padres.
"Nunca me faltó nada, ni a mí, ni a mis hijos. Pero la droga tampoco me podía faltar. Usaba el dinero que me deban mis padres para comprar merca", relata, y agrega que logró esconder por más de 15 años su adicción.
Pasó el tiempo, y tuvo que rehacer su vida formando una nueva familia, con un esposo que le regaló dos hijos maravillosos.
INFLUENCIA. Recuerda que siempre consumía en las noches, y un día "de onda, y solo por probar", empezó a fumar crac con una amiga. "Era solo una piedrita, pero desde ahí empezó mi infierno", cuenta.
"No era igual, el crac te pega mal. Recuerdo que con esta amiga hicimos una apuesta. Yo pasé nueve días sin dormir, pero ella ganó. No dimensionaba. A la mañana iba a mi casa, y en las madrugadas me escapaba para salir a fumar", relata.
Hoy esa amiga ya está en el penal del Buen Pastor por no controlar sus acciones y solo buscando la forma de conseguir ingresos para comprar chespi. Romina dice que "antes de empezar a robar por crac, decidí internarme (en el Centro de Adicciones) y contarles a mis padres mi enfermedad. No quiero que mis tres criaturas crezcan desamparadas".
Con dolor dice que no recuerda cómo fue, pero se acusa de ser la culpable, de que su segundo esposo también haya caído en las drogas. "Yo fui la mala influencia, él también consume crac ahora, pero desde que estoy fuera de la casa ha dejado. Se le nota diferente", sostiene.
A ocho días de ingresar al programa de adicciones, Romina ya alcanzó los 56 kilos, y lucha para dejar el crac, y darles un futuro mejor a sus hijos.
NO ES BUENO
Romina cuenta que el crac no es cualquier droga, y dice que es una porquería que se adueña de los sentidos.
Relata que el adicto al chespi solo piensa en consumir, no mide más nada, pues le va segando el entendimiento.
Ella alaba la institución en la que está hoy rehabilitándose, pero lamenta que más jóvenes no puedan acceder también al programa, y pide que el Estado invierta para que más chicos dejen el crac.