Lectura del día: Leer el Evangelio de Marcos 7,24-30
Nos dice San Marcos en el Evangelio de la misa que llegó Jesús con sus discípulos a la región de Tiro y de Sidón. Allí se acercó a ellos una mujer gentil, sirofenicia de origen, perteneciente a la primitiva población de Palestina. Se echó a sus pies y le pidió la curación de su hija, que estaba poseída por el demonio. Jesús no decía nada, y los discípulos, cansados de la insistencia de la mujer, le pedían que la despachara. El Señor trata de explicar a la mujer que el Mesías ha de darse a conocer en primer lugar a los judíos, a los hijos. Y, con una expresión difícil de comprender sin ver sus gestos amables, le dijo: Deja que primero se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos. La mujer no se sintió herida ni humillada, sino que insiste más, con profunda humildad: Señor, también los perrillos comen debajo de la mesa las migajas de los hijos. Ante tantas virtudes, Jesús, conmovido, no retrasó más el milagro que se le pedía, y la despidió así: Por esto que has dicho, vete, el demonio ha salido de tu hija. Dios, que resiste a los soberbios, da su gracia a los humildes; aquella mujer alcanzó lo que quería y se ganó el corazón del Maestro.
Es el ejemplo acabado para todos aquellos que se cansan de rezar porque creen que no son escuchados. En su oración se hallan resumidas las condiciones de toda petición: fe, humildad, perseverancia y confianza.
Enseña Santo Tomás que la verdadera oración es infaliblemente eficaz, porque Dios, que nunca se vuelve atrás, ha decretado que así sea.
Nuestra oración debe estar llena de abandono en Dios y de profundo sentido sobrenatural, pues -decía el beato Juan Pablo II- se trata de cumplir la obra de Dios, y no la nuestra.
(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal-Tomo III - Tiempo Ordinario (1).