La ubicación de un país en la consideración internacional no es gratuita ni accidental. Una sociedad es tan fuerte como la más débil de sus instituciones. Por eso la calidad de la educación es un barómetro de la calidad de sociedad. Cuando mejor es la educación de una sociedad, más significativa es su pro– yección internacional.
Más allá de las consideraciones geopolíticas y de los avatares geográficos, hay componentes vitales que hablan a las claras de para dónde va una so– ciedad y de cuáles son sus ambiciones.
En Estados Unidos se encuentran 16 de las primeras 20 mejores univer– sidades del mundo. La mayoría de las patentes a nivel mundial tienen su origen en ese territorio. La tecnología de punta se desarrolla en sus industrias y es la primera captadora de las mentes más brillantes a nivel mundial. El nivel de su sistema educativo –junto a otros elementos como su potencia militar, su penetración cultural y su aún sólida economía– es la gran baza estadounidense.
China tiene un arma secreta: la educación. En una sociedad hipercom– petitiva, en que millones de personas pujan cada día para trascender personal y profesionalmente, la educación es la clave para marcar la diferencia. Para cualquier adolescente, tomar un refuerzo en materias complicadas es una cosa cotidiana. Tomar clases extras privadas de dos o tres horas es normal, y más normal es aun que las mismas sean dictadas un domingo.
La innovación educativa no es exclusiva de estas potencias. Hay otras so– ciedades del primer mundo, como la sueca, en que se están produciendo pequeños cambios revolucionarios. Desde el simple cambio de la composición del aula –la disposición de las sillas y del escritorio de los profesores en la sala de clases es una herencia de las iglesias góticas, que fueron las primeras formadoras sociales de masa– hasta la posibilidad de que los alumnos de primaria elijan las materias que están cursando, son apuestas que pretenden volver más eficiente su educación y, por ende, su sociedad.
Nosotros estamos muy lejos de estas sociedades, pero como ellas tenemos la misma necesidad innata de superar los límites personales y comunitarios. Los objetivos no se logran por el fácil accionar de la fortuna, la que, por cierto, siempre suele reclamar ayuda de sus potenciales beneficiarios. Hay que poner un esfuerzo adicional para mejorar. Hay que tener la capacidad de superar las propias carencias.
La educación paraguaya es imperfecta. Los maestros están mal pagados, el currículo tiende a renguear, las aulas están saturadas y la estructura edilicia deja mucho que desear. Pero, ante la necesidad vital de ser un mejor país, estos reclamos suenan a excusas. Hay que exigir eficiencia a la sociedad y a las autoridades, pero también uno debe exigirse a sí mismo entrega.
El esfuerzo que uno pone en cultivarse es siempre recompensado. Tarde o temprano la meritocracia se impone. Es por eso que la apuesta a la educación es tan importante. Porque, finalmente, somos lo que sabemos.