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TEMA DEL DÍA. | Domingo, 15 de Julio de 2007 |

Kike aparece vivo y acusa a Silva y a "Cabeza Branca"

ÚH lo encontró en São Paulo, en la clandestinidad y la indigencia. Revela que sicarios lo echaron del país, bajo amenaza de matar a su hijo. Involucra a Magdaleno Silva y al narco "Cabeza Branca".

Foto: Andrés Colmán Gutierrez.

Domingo 15/Julio/2007

Por Andrés Colmán Gutierrez y Oscar Cáceres - Enviados especiales a Sao Paulo (Brasil)

Pirî. Escalofríos. Ahora lo sé: es lo que uno siente cuando es testigo de cómo revive un fantasma. Alguien a quien todos consideraban desaparecido y muerto desde hace un año y cinco meses, y de pronto se te aparece en frente, corporizado en carne y hueso, como si cobraran animación esas fotos tantas veces reproducidas en carteles y pancartas, en manifestaciones y actos de protesta, con la leyenda hecha consigna: "¿Donde está? Enrique Galeano. ¡Aparición con vida ya!".

Es un día helado, el del miércoles 11 de julio de 2007. Son las 10.20 de la mañana, hora brasileña, en el centro de Sao Paulo. La garoa o neblina paulista cubre los altos edificios de la jungla de cemento con un capuchón gris, pero adentro de la oficina de Víctor Báez Mosqueira, secretario general de la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (Orit), sobre la rúa (calle) Formosa, se vive la calidez de un momento único.

Hemos llegado desde Asunción en el primer vuelo de TAM. Un taxi apurado atraviesa congestionadas avenidas. Recepción, control de seguridad, ascensor, otra recepción, bom día, pode entrar, faz favor, una sala con olor a café recién hecho... y allí, tanto o más ansioso que nosotros, aparece él. Inconfundible, a pesar del enorme bigote mexicano que se ha dejado crecer en estos meses, para tapar su apariencia.

-¿Vos sos Kike Galeano? ¿En serio estás vivo...? -le dice el periodista. Lo toca, le hunde los dedos en el brazo para comprobar si de verdad ha dejado de ser un fantasma.

-¡Sí, chamigo! Soy yo, Pirulito. ¡Gracias... muchas gracias por venir...!- responde él, con la voz quebrada.

Detrás de los anteojos rayados y sucios, sus ojos se humedecen. Se estrecha en un abrazo largo con Óscar Cáceres, su gran amigo y antiguo profesor de comunicación, una de las tres personas claves, junto a Estela Ullón y a Báez Mosqueira, que intervinieron para hacer posible la hazaña periodística y humana de encontrarlo.

São Paulo, 11 de julio, 10.20 a.m. Una larga búsqueda ha llegado a su fin. Enrique "Kike" Galeano, el popular periodista de Yby Yaú y Azotey, el que realizaba denuncias contra la mafia en la región fronteriza norte, el que desapareció misteriosamente el 4 de febrero de 2006, sin que ni siquiera su esposa y sus hijos hayan sabido nada de él en todo este tiempo, el que todos consideraban ya un cadáver enterrado en algún paraje inhóspito de Concepción o Amambay, está aquí, vivo aunque golpeado y maltrecho, pero dispuesto a relatar su historia.

SICARIOS EN LA RUTA. El relato es extenso, y lo vamos a ir publicando con detalles durante los próximos días, pero la esencia de lo que cuenta Galeano es que ese fatídico sábado 4 de febrero de 2006, después del mediodía, él llamó a su esposa Bernardina Quintana, desde Azotey, Concepción, y le aseguró que al atardecer iba a estar en su casa de Yby Yaú, a 35 kilómetros.

Nunca llegó. Regresaba caminando de empeñar su teléfono celular por cien mil guaraníes, porque no tenía para su pasaje, cuando un automóvil gol blanco, con dos hombres adentro, le cerró el paso.

"El que comandaba era joven, flaquito. El otro más viejo y robusto. Hablaban en portugués y tenían pinta de sicarios fronterizos. Me dijeron: Vas a cumplir todo lo que te ordenamos, o hacemos una llamada y tu hijo Pedro es asesinado en el mismo instante", recuerda Enrique.

Desde ese momento, hasta el domingo 5 a la noche, los sicarios le obligaron a un recorrido de pesadilla, que incluyó torturas con fuego de cigarrillo, paseos por zonas públicas de Pedro Juan, para que lo vean, una noche en el hotel Dina Tony y hasta la contratación de una prostituta, hasta que lo abandonaron en Campo Grande, Brasil, con un mensaje claro: "Si volvés al Paraguay, estás muerto".

"Me fui y desaparecí en todo este tiempo, no tanto para salvar mi vida, sino la vida de mi hijo Pedrito, y proteger la seguridad de toda mi familia"

"Varias veces antes yo había recibido amenazas de muerte y no les había hecho caso, pero ese día 4 de febrero, en Azotey, cuando los dos hombres me atajaron a bordo del Gol, me asusté de verdad, porque eran sicarios muy siniestros. Se notaba que conocían todos mis movimientos y los de mi familia, absolutamente todos, y podían hacer mucho daño", cuenta Enrique, y aunque ya han pasado un año y cinco meses, todavía le tiembla la voz de temor, al recordar.

"Tal vez no me iba a importar tanto que me mataran a mí, pero la amenaza fue contra mi hijo mayor, Pedrito, que no tenía ninguna culpa por lo que yo hacía o decía contra ellos, y me entró una desesperación, un gran miedo. Entonces decidí hacerles caso en todo y marcharme sin avisar a nadie, pensando que de ese modo mi esposa y mis hijos iban a estar a salvo", dice.

Está convencido de que los dos sicarios tenían la orden de matarlo también a él, pero que a último momento le perdonaron la vida porque se compadecieron de él.

"Ellos me hicieron jurar de que nunca más iba a volver, de que me iba a ir bien lejos, que iba a vivir con otro nombre, pero ahora hablo porque ya no aguanto andar escondido y quería que mi esposa y mis hijos sepan que estoy vivo", declara.

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