Por Pa’i Oliva
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Quiero volver a insistir en lo que expresaba ayer, siguiendo aquello que dijo Santa Teresa en el siglo XVI, de que “Dios andaba entre los pucheros”. La Mística del siglo XXI no se va a realizar huyendo del entorno, feliz o desgraciado, donde vivimos, sino en la inmersión en él. Decíamos que la tecnología, admirable con sus avances, acaba produciéndonos hastío. Y, añado, el campo para hacer actos heroicos está cada día más en la vida ordinaria. Porque la conquista de las estrellas es solamente virtual. Lo real es la conquista del pan nuestro de cada día.
Por eso la mística de lo cotidiano es el gran tesoro moderno. Es el gran laboratorio para profundizar en la Vida. Es el campo donde trascendemos. Y trascendernos significa salir de nosotros hacia el otro y aumentar cualitativamente el horizonte de nuestra existencia. Y recordemos que toda trascendencia nos lleva al gran “Otro”, que llamamos Dios.
Por eso, el ciudadano más insignificante, con tal que su excesiva miseria no lo haya hundido por debajo de la frontera de la Humanidad, cada día tiene la ocasión de adentrarse cualitativamente en aspectos profundos de la Vida, que son comunicaciones de la presencia divina.
Esto es vivir la cotidianidad intensamente. Científicamente es ir avanzando en la evolución. En clave religiosa, ir acercándose a Dios. Unos lo sabrán por la FE religiosa. Otros, no. Pero, lo importante no es saberlo, sino vivirlo. Experimentarlo cada día.