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| EDICION IMPRESA | Lunes, 11 de Octubre de 2010

Terminar con la feudalización de los poderes del Estado para recomponer la institucionalidad

Mientras los actores económicos en el Paraguay aprove- chan la oportunidad generando condiciones de crecimiento, los actores políticos hacen impúdico alarde de su megalomanía. Se feudalizan en los límites de sus facultades y, al obviar la "coordinación", quiebran la estructura del Estado. Este rompimiento, en vez de reformar -si la intencionalidad fuese el cambio-, fractura el sistema de poderes de la República y la vigencia de la Constitución.

La Carta Magna dispone que las funciones del Fiscal General y del Contralor duran cinco años. Y que la Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Superior de Justicia Electoral se integran con nueve y tres ministros, respectivamente. Para la renovación de estos cargos exige el acuerdo del Legislativo y del Ejecutivo.

Así estamos frente a problemas de elección y para completar los miembros que establece la Constitución. Es decir, frente a una situación de institucionalidad resquebrajada. Por lo tanto, ante un mapa republicano en el que se debilita el control jurídico y administrativo de rigor.

Con la República, se instauró el Poder Judicial como contrapeso de los poderes representativos, y de cuya legitimidad depende el bienestar general. La doctrina pretende asegurar que la cosa de todos -la res-publica- no sufra apropiación ni corrupción. Pero como la acción de la Justicia no fue suficiente ni garantía de imparcialidad, honradez y transparencia, la modernidad creó tres poderes más: la Contraloría, para auditar las actividades económicas y financieras del Estado; el Ministerio Público (Fiscalía), para representar a la sociedad ante los órganos jurisdiccionales del Estado; y la Justicia Electoral, para garantizar el sufragio democrático.

Estos poderes son fundamentales para el funcionamiento institucional de la República. Su irregular circunstancia no invalida sus resoluciones o dictámenes. Pero no pueden continuar con esta anor- malidad. Retrotraen al Paraguay al feudalismo -teocrático, por un lado, y populista, por el otro-, donde la dictadura de dos poderes lleva al constante enfrentamiento, que impide el avance a la democracia.

Como esto no puede seguir sin exponer a una crisis más profunda de la institucionalidad, el Ejecutivo y el Legislativo están urgidos a renovar y completar esos poderes. En bien del país, deben renunciar al cuoteo político, lealtades e improvisaciones, para seleccionar a los profesionales que, por sus antecedentes, idoneidad y méritos, servirán para la mayor eficiencia de esos órganos. De no ser así, la ingobernabilidad perjudicará todavía más al país. Se impone, pues, dialogar y coordinar para mejorar esos poderes falazmente subalternizados. Acordar para elegir a profe- sionales notoriamente calificados, que serán legitimados por la ciuda- danía por su integridad, competencia y confiabilidad. Y que al estar capacitados para honrar a la autonomía de esos poderes, se constituirán en garantes de nuestra sociedad.

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