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LITERATURA | 14:24 | Lunes, 06 de Septiembre de 2010

La Querida: Renée Ferrer

La novela que Renée Ferrer publicó en noviembre de 2008 (Fausto Ediciones) resultó ganadora del Premio Municipal de Literatura 2010. Aquí va un fragmento.

Ni flojo ni ingenuo ni confiado, sino al revés: así soy Yo. Antes que alguien levante una mano contra Mí, ya se la estoy rebanando, sin aguardar a que se acomode en ella la guadaña de la traición. Se las van a ver conmigo: esa es la matriz de su pensamiento, más veloz que las intenciones dolosas de cualquier opositor, e infalible procedimiento contra sus enemigos. En esta situación intimidante, el Dictador no sabe si un vahído lo enajena y debilita, o verdaderamente un índice, cercenado de algún cuerpo anónimo, lo señala hincándole la uña en el pecho. Una cabeza desprendida gira como una pelota y le sale al encuentro salpicándole la casaca militar, mientras las detonaciones se acrecientan allá afuera con la merma de la oscuridad. Tampoco dilucida si aquellos gritos son el último llamado de los soldados caídos en la intentona o los gemidos de los torturados silenciados con electrodos para que hablen. Todo se confunde en su mente vacilante, en la cual de pronto su granítica figura pierde el equilibrio, se desfigura, y esa certidumbre personal, característica e impertérrita, por momentos se vuelve flácida, masa amorfa, pura ardua. Nada parece real, salvo los fantasmas. Con las agujas del reloj seccionando las horas y las campanadas de la Catedral reiterando el paso de un tiempo que toca a retirada, el General se interroga sobre su destino. ¿Cómo será moverse sin el andamiaje del poder después de tres décadas de reconstrucción y sacrificio, de pacificación y acérrima defensa de una ideología fiadora de su gobierno? (utilizada como pretexto para la persecución sanguinaria, con aplauso y beneplácito de sus tutores, digo). Intolerancia, represión y conveniencia, he ahí el trinomio adecuado a sus movimientos.

-Un lince dentro de él permanece al acecho y sediento; escruta con desconfianza los rostros de los oficiales, de los últimos amigos, de los pocos secuaces que merodean a su alrededor. El viejo engrilla con su silencio cualquier comentario, como si además de las advertencias vanamente reiteradas desoyera también el latido de sus propias cavilaciones, a la espera de una señal salvadora de este cataclismo deshonroso.

Su razonamiento, asfixiado por las circunstancias como un animal entrampado, se niega aún a pergeñar otra salida, obstinándose en las márgenes de un ayer que va muriendo. Vendrán a liberarme (desalojarte, para ser exactos), insiste. Están ganando terreno nada más; Gutiérrez se aproxima, liquida a los revoltosos, me salva; se salvan ellos también, porque si no lo hacen Yo los pierdo. De pronto el Dictador se levanta, pasea su fatigado corpachón con patética lentitud de paquidermo, taladrando maquinalmente un círculo en el centro de la habitación. Con la misma ceguera que le impidió seguir los consejos de la vidente, ahora se emperra en demorar su claudicación. Se siente herido, vejado, desterrado de un poder eterno; pues el pueblo lo ha elegido y vuelto a elegir continuamente (qué otra opción le queda, me pregunto, sino llenar la papeleta). Acaso los inmortales como él no viven fuera del tiempo sucesivo de las reelecciones y los chicotazos, e inmersos en la adulación y el endiosamiento, para quedarse por siempre jamás en el sitial otorgado por el destino, piensa con otras palabras el General (vana ilusión, todo dictador se pregunta con extrañeza cómo puede terminar el mandato de un hombre providencial enviado para durar por los siglos de los siglos, sin percatarse de su afortunado error).

Pienso, luego porfío. Pienso, luego reprimo (piensa luego no existe en el tablero de las buenas personas). La terquedad del poderoso es como un jaque mate contra el bastión del razonamiento; no obstante, si el Dictador se planteara verdaderamente el motivo de la insurrección sin alterar la realidad con argumentos desfigurados por su propia soberbia no le quedarían dudas sobre las razones de la conducta de sus subalternos (el interés es la medida de la acción, afirmaban los romanos, y él lo repite basado en su experiencia de gobernante, aunque ahora los intereses de los insurgentes estén en pugna con los suyos. Eso es todo).

La noria de los pensamientos no se detiene, muele, estruja, machaca. Jamás me van a hacer tragar su preocupación por la Patria y por una libertad repentinamente valorizada (de seguir robando sin la vigilancia de su mirada permisiva, supongo), ni de su consideración por la felicidad de los connacionales (milimétricamente controlados con métodos bien aprendidos y mejor aplicados; cuántas palabras lindas se meten en los discursos oficiales y cuántas mentiras feas se enarbolan tras las arengas cotidianas). Para el Dictador su libertad nunca terminó en donde comienza el derecho de los demás, sino donde se gestan sus propósitos, aunque estos se vean entorpecidos por el derecho de los otros. Él sabe exactamente por dónde corre el patriótico apego de estos desgraciados: si no son las cuentas bancarias y los negocios particulares (particularmente fomentados al calorcito del beneplácito presidencial y últimamente en peligro de bancarrota), es el prurito de suplantarlo al fin. El Dictador masculla entre dientes una indignación legítima (hasta los asesinos tienen una moral a su medida para poder dormir, aunque esta esté totalmente desterrada de los códigos de la decencia).

Con carros blindados y proclamas no lo van a convencer del repentino deseo de un país libre sin ciudadanos de segunda. El poder, mi General, está sustentado en los ciudadanos de segunda, le decía aquel ministro defenestrado. La libertad no existe cuando se quiere mantener el mando y ganar las reelecciones (imponerlas, como careta propiciatoria, digo); la democracia es un semillero de revueltas, la igualdad una utopía, la adoración del pueblo un seguro contra las revueltas. Después de todo, las leyes las dicto Yo, le responde, por eso puedo violarlas. Lo único verdadero es la fuerza, y por la fuerza se consigue la adhesión; por la ambición colmada el sometimiento, y por el reparto del lucro la permanencia en el sitial imperecedero. Quién va a querer echar del nido a la gallina de los huevos de oro, piensa. La complacencia, la complicidad, la sordera son indispensables para mantenerse en la esfera del poder, y no me vengan con que el predominio del pueblo en el gobierno es la mejor forma de manejar una nación.

* Lo que dijo el jurado

Sin duda alguna, este Premio Municipal es el más importante que ha ganado hasta ahora Renée Ferrer dentro del país. El jurado --conformado por María del Carmen Pompa, Francisco Pérez-Maricevich y Alcibiades González Delvalle-- eligió a La Querida como la mejor de entre las 34 obras presentadas a concurso este año.

Según este jurado, la novela de Ferrer fue seleccionada "por sus méritos literarios en cuanto a la elaboración estética del lenguaje como soporte de la historia narrada y al excelente manejo de múltiples registros lingüísticos --incluyendo a la misma autora en el texto-- para develar los abusos del poder y sus consecuencias en la época aún reciente de la dictadura stronista".

El Segundo Premio correspondió a la novela El Equilibrista, de Susana Gertopán. Mientras las Menciones Honoríficas fueron concedidas a las obras Simplemente mujeres, de Dirma Pardo Carugati; Mujeres de cera, de Chiquita Barreto; y Alcaesto. Historia de un aprendiz de alquimia, de Irina Ráfols.

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Una novela sobre el poder

Fides Gauto | Docente

Esta obra literaria se inscribe en la corriente conocida como novela de la dictadura, dentro de la novelística latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX. Según cuenta el escritor mexicano Carlos Fuentes, la misma tuvo su punto de partida hacia 1967, con un proyecto en el que se invitó a algunos autores latinoamericanos a participar en la edición de un libro que se iba a llamar Los padres de las patrias. En ese libro, cada uno de esos autores "debía escribir cincuenta cuartillas sobre su tirano nacional favorito". El proyecto no se llevó a cabo, pero de la idea planteada surgieron las novelas Yo, el Supremo (1974), de Augusto Roa Bastos; El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier; y El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez.

Lord Acton, en 1887, acuñó aquella célebre frase: "El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente". En La Querida, Dalila, principal protagonista junto a la figura del dictador, enfrenta esa realidad sofocante. Es a través del ir y venir de los pensamientos de Dalila y del propio dictador que el lector podrá configurar la historia, recorrer los laberintos de aquellos días tormentosos y los tiempos inmediatamente posteriores a la caída del régimen.

Por un lado, las maniobras del poder en sí y, por otro lado, el poder del sexo son dos fuerzas que pueden generar temibles batallas. Ambos elementos se reflejan en la visión femenina de "la querida", que sirve de contrapunto para las alucinadas reflexiones del dictador al borde del derrocamiento.

El juego de voces, de planos temporales y espaciales, hace de esta novela un complejo mundo polifónico. Dijo alguna vez Augusto Roa Bastos: "El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros. Es una condición antilógica que produce una sociedad enferma. La represión siempre produce el contragolpe de la rebelión. Desde que era niño, sentí la necesidad de oponerme al poder, al bárbaro castigo por cosas sin importancia, cuyas razones nunca se manifiestan".

Creo que Renée comparte este pensamiento y nos lo demuestra a través de esta obra, que muy probablemente se constituya como una de las más representativas de su literatura. Además, es un aporte más de esta incansable escritora para el acervo cultural paraguayo.

(*) Parte de la reseña publicada en el Correo Semanal el 27 de diciembre de 2008.

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