Jueves 9 de Febrero  
Última Hora | Noticias ULTIMAHORA.COM
Archivo de ÚH Google
Asunción: 29°C. H 70.1%
ver pronóstico extendido
Toolbar de UH Fanpage en el FACEBOOK RSS
texto: | imprimir | enviar Alertas SMS
HISTORIAS ANÓNIMAS | EDICION IMPRESA | Domingo, 05 de Septiembre de 2010

En busca de los Víctor

Me inicié en el periodismo en la primera mitad de los noventa. Como miembro bochinchero de una generación nueva de chupatintas - la primera que se forjó bajo la sombra protectora de la libertad- , esperaba dar cuenta de la corrupción estatal combatiendo desde las trincheras de una Redacción.

Concebíamos esa guerra de manera simple y contundente. La prensa era el ejército redentor y la legión de burócratas el enemigo a vencer. Y, por supuesto, considerábamos parte del enemigo a todo integrante del aparato público. Desde el más encumbrado ministro al último de los ordenanzas.

Para mi generación, la desconfianza fue la base de cualquier relación con funcionarios del Estado. En consecuencia, toda información pública era considerada dudosa, sesgada y poco creíble.

Revisar exitosamente un reporte público era encontrar dónde le habían metido maquillaje.

Era una posición extremista, por cierto, pero que, sin embargo, terminaba casi siempre justificada con la revelación de nuevos casos de adulteración o tergiversación de datos oficiales. Así de belicoso se presentaba el escenario cuando apareció el primer informe sobre desempleo y pobreza de la transición. Una verdadera sorpresa. Sus números pusieron nuestros naturales prejuicios patas arriba.

El documento era abrumadoramente claro y desnudaba una realidad que estaba en las antípodas del país divino al que nos habían acostumbrado los reportes oficiales. Un solo informe mandó al mazo toda la bolaterapia consuetudinaria del Estado.

Creímos que el material había sido el producto de algún audaz becario que recaló accidentalmente en Estadística y Censos, y que por una chambonada de los fiscalizadores políticos se hizo público; información científica, aséptica y demoledora expuesta al control ciudadano, sin que burócrata alguno pudiera hacer algo para evitarlo.

Buscamos al autor y nos llevamos la segunda sorpresa. No era un recién llegado, un visionario descontaminado de las tribales internas partidarias, sino un funcionario de oficio, afiliado al partido, como todos, pero que no mezclaba sus pasiones políticas con su trabajo.

La revelación fue una bomba. Toda la dirigencia colorada pidió la cabeza del funcionario infiel; pero, temiendo que su destitución derivara en un escándalo todavía mayor, el Gobierno de turno lo dejó en el cargo.

Notablemente, la virulenta reacción republicana no hizo mella en su ánimo. El hombre no solo se ratificó en su informe original - contrariando la recomendación de sus colegas- , sino presentó un segundo material todavía más lapidario, y lo hizo en pleno periodo preelectoral, dejando en claro que el calendario político nada tenía que ver con el suyo.

Nunca sabremos hasta dónde estaba dispuesto a llegar; un infarto fulminante acabó con su vida y su carrera un fatídico domingo. Si mal no recuerdo, ni siquiera había alcanzado los cincuenta años.

En este oficio fue el primer funcionario que conocí al que le calcé con ganas el cartelito de tecnócrata. Se llamaba Víctor Mora. Nunca le conocí personalmente. Solo le entrevisté por teléfono un par de veces.

Hablaba poco, apenas lo suficiente, y se negaba a que le tomaran fotos. No tenía ambiciones políticas ni económicas. Que yo sepa, a su viuda y a sus hijos apenas les dejó el recuerdo.

Su actitud absolutamente profesional convirtió a una oficina casi irrelevante, hasta entonces, en una institución respetable. El hombre echó a andar un sinnúmero de cambios que ya no podrían ser revertidos. La fidelidad de los datos que hoy podemos buscar en la web son la mejor prueba de ello.

Mora me enseñó una lección valiosa: la vida no es en blanco y negro. No está definido desde el vamos dónde están los buenos y dónde los malos. En la Administración Pública hay muchos Víctor Mora. Hay más de los otros, es cierto, pero la abrumadora preeminencia de la paja no nos tiene que hacer olvidar que también hay trigo escondido.

Nunca podremos construir un país que funcione sin un aparato público eficiente; y eso solo es posible con la participación de hombres y mujeres eficientes. A veces, una sola persona adecuada en el lugar oportuno puede generar cambios irreversibles.

Víctor Mora, anónimo tecnócrata de la transición, es prueba irrefutable de ello.

texto: | imprimir | enviar Compartir este link

También te puede interesar

Tu opinión nos interesa
Hemos decidido dar otra opción para que los internautas puedan dejar sus comentarios. Este sistema estará basado en la utilización de una cuenta de la red social Facebook. Creemos esto permitirá una mayor transparencia y responsabilidad en el ejercicio del derecho a la libertad de expresión.
Esta nota posee comentario/s
 
Benjamin Constant 658 | Teléfonos: 496 261/8
Copyright 1997-2012 EDITORIAL EL PAIS S.A.
Seguinos en: Fanpage en el FACEBOOK UltimaHora en el Twitter RSS UltimaHora en Youtube