Tenemos un problema serio. No hace falta decirlo con términos muy estrafalarios y rebuscados, tampoco deberíamos olvidar y dejar de insistir en ello, repitámoslo cada día sin temor a equivocarnos. Sabemos que mucha falta hace al país, en ausencia de ella, todos los males se fortalecerán y todos los proyectos cívicos y ciudadanos perecerán antes de haber nacido. Hay veces en que sin tapujos y sin complejos decimos: "Los docentes se merecen una capacitación digna y adecuada".
Hagamos un trato. Si somos docentes, asumamos nuestra condición de seres contingentes y despojémonos de los prejuicios, las barreras mentales y la autoasignación de imposibilidades. Fijemos la mirada en un horizonte distinto donde la preparación y el arte sean las metas más deseadas; con firmeza y convicción pisemos ese suelo resbaladizo producto de negligencias históricas y postergaciones estúpidas. Recuperemos el poder del que enseña y reivindiquemos la grandeza del que guía. Despertémonos de ese largo sueño y sembremos flores ahí donde nadie espera nada.
Si somos capacitadores, preparémonos para expresar con claridad y contundencia las líneas maestras a ser asumidas, analizadas y/o innovadas. No permitamos que nadie nunca improvise un tema en presencia de los docentes, directores y personal administrativo. La sonrisa amplia y condescendiente del capacitador muchas veces es inversamente proporcional al avispero mental que le condiciona. El lenguaje turbio y misterioso es el ingrediente perfecto para perpetuar las negligencias y los cambios efímeros.
El desconocimiento y la improvisación, el enredo conceptual y la grandilocuencia extraviada son ácidos que corroen el casco de nuestra embarcación. No perdamos tiempo en preámbulos y distracciones, cada capacitación es una oportunidad para aprender estrategias y munirnos de herramientas para enfrentar el complejo mundo que nos toca vivir. No hagamos concesiones en nombre de los imponderables y las imposibilidades.
Si somos directivos, exterioricemos nuestro contento en presencia de docentes preparados y capacitados. No convoquemos a última hora a amigos y/o conocidos, a fin de fungir de capacitadores; seamos justos y misericordiosos.
Procuremos que las capacitaciones sean siempre de calidad y sin que ello implique costo alguno para el docente. Hagamos el esfuerzo de brindar comodidad y buena atención a estos profesionales solícitos de reconocimiento y buen trato. Aprendamos a otorgarnos brillo, sin que ello signifique soberbia e implique autoritarismo.
Promocionemos a los jóvenes sin necesidad de marcas de ganadería política.
No confundamos experiencia con eficiencia. Hay innovadores que necesitan pocos años para instalar nuevos conceptos y estrategias.
Llevemos adelante un proceso de concertación de políticas educativas, a sabiendas de que ello implica que nos involucremos todos y en especial, asumir la posibilidad de evitar y/o superar el conjunto de dificultades que hemos mencionado.
Recordemos que el pacto educativo es vital a la hora de esbozar un proyecto de sociedad que mucha falta nos hace. Comentemos y analicemos con los gremios y la comunidad educativa toda que los pactos son una construcción social y, en ese sentido, deben ser considerados como un proceso que puede pasar por momentos de ritmos más intensos o más lentos, que pueden abarcar más o menos actores y una mayor o menor amplitud desde el punto de vista de los compromisos asumidos. (Tedesco, 2007.)
En fin, hagamos un pacto entre todos, desde el último docente, del rincón más alejado del país, hasta el más encumbrado intelectual de nuestras universidades. Directivos, gremialistas y comunidad educativa toda, que nadie cierre los ojos para soñar un mundo mejor.
Desde el docente más humilde al intelectual más encumbrado necesitan realizar un pacto sobre la seriedad del asunto educativo en el Paraguay.
José Manuel Silvero A.
Docenteinvestigador de la UNA
jmsilvero@intersophia.org
Opinión