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| EDICION IMPRESA | Sábado, 17 de Abril de 2010

Carlitos, una víctima real de la pobreza y la exclusión

Pasa noches dormido en la calle. A veces sobrio y en otras oportunidades bajo los efectos de las drogas. No pasó del primer grado. Esta es la historia de un adolescente y su mundo. La historia de Carlitos.

Patricia Figueredo

pfigueredo@uhora.com.py

Huidizo, temeroso, con los pies descalzos y cierta desconfianza en la mirada nos observa Carlitos (nombre ficticio), el joven adolescente que hace 48 horas fue rescatado de la vía pública por la Secretaría Nacional de la Niñez y la Adolescencia, luego de pasar toda la noche durmiendo en una vereda.

Última Hora llegó hasta su casa y, antes de hablar con él, lo que primero impacta es la precariedad de su vivienda ubicada en el Barrio Chino. Pero luego eso queda en segundo plano cuando el adolescente, con cada expresión, logra demostrar una ausencia de motivación y esperanzas de futuro.

La pobreza se traduce, en ese momento, en más que la simple falta de dinero. Se convierte en un estado que se refleja en sus ojos y en cada palabra.

Con mucha timidez, Carlitos afirma no tener sueños, mientras que cualquiera, a su edad, con otras condiciones, sueña con parecerse a un jugador de fútbol, estudiar o viajar.

Ni uno, ni otro. Su realidad es muy distinta. Tiene 14 años y nunca pasó del primer grado, "porque siempre entro y salgo, y ahora ya no quiero ir más. No sé por qué", dice. Y agacha la mirada sin saber cómo argumentar su decisión.

AYUDAR. Su mundo no es el mismo que el de otros niños, ya que trabajó desde pequeño y ahora cuida autos, esperando recaudar unos cuantos billetes para aportar en la casa y así ayudar a la familia.

Cuando más éxito tiene junta entre 20.000 y 30.000 guaraníes, principalmente los fines de semana, cuando cuida autos frente a una discoteca céntrica.

Esta labor se extiende hasta altas horas. Es por eso que muchas veces, por efecto del cansancio, termina durmiendo en cualquier esquina. Más de dos veces fue rescatado por la Secretaría de la Niñez.

Y no es simplemente dormir. Algunas noches están marcadas por el consumo de drogas, principalmente crack, aunque otras veces también accede a la marihuana o a la cola de zapatero.

Eso permite que el estómago no moleste con alertas de hambre y el cuerpo se llene de adrenalina y una energía que trata de sustituir a la que debería ser proporcionada por un buen plato de comida.

En un descuido, Carlitos se esconde bajo la excusa de no querer ser fotografiado y entra a su casa. En nuestro intento de acercarnos más a su historia, el chico acepta que el equipo de ÚH entre a la vivienda, "pero solo para hablar", pide.

"Hay veces que no comemos en casa porque no hay", se sincera. Y nos tira una frase que es casi su filosofía de vida: "Estoy preparado para lo que venga, no me levanto pensando en algo especial que quiera".

FAMILIA. La calle es su parque y su escuela, aunque aún mantiene un lazo familiar. Siendo uno de los menores de la casa, vive con su mamá y otros tres hermanos.

"Él me ayuda en casa y mi otro hijito es lustrabotas", comenta la madre, mientras se preparan para bañar a la hermanita más chiquita y llevarla a un centro de salud.

Una vez dentro de la casa, la miseria y las grandes necesidades se notan en cada rincón. El adolescente se sienta en la cama y nos permite continuar el diálogo también sentados en el mismo lugar.

El delgado colchón cobra mayor espesor al estar envuelto en una frazada, y es el único lugar de reposo para una familia de 5 integrantes.

Las paredes, hechas con tablas de madera clavadas unas con otras, soportan a las delga- das chapas de zinc y bolsas de plástico que hacen de techo.

Detrás de la casita, un montón de basura sirve como cueva de bichos y cualquier alimaña. Haciendo referencia a esa situación, la mamá pide a la Municipalidad de Asunción que vaya al lugar a limpiar.

"Tantas veces ya pedí y siempre me dicen que van a hacerlo cuando tengan tiempo, y no pasa nada", reprocha la mujer, que en todo momento carga en brazos a su pequeña enfermita.

Ante cualquier ruido, la desconfianza clava al adolescente como una aguja en la cama y lo hace saltar para asomarse a la pequeña ventana y observar qué pasa afuera.

De un momento a otro, y sin dar explicaciones, queda callado. Lo único que a duras penas logra responder es: "Ya no quiero hablar", y sale corriendo, perdiéndose entre los delgados pasillos del Barrio Chino.

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