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| EDICION IMPRESA | Lunes, 08 de Febrero de 2010

Salvador, la matemática y Dios

"La medicina no es una ciencia exacta", expresó uno de los médicos de la selección de fútbol sobre la condición actual de Salvador Cabañas. Por supuesto y sobre todo, gracias a Dios. Y no la ha sido nunca, aunque, justo es recordarlo, fue y muy a menudo es mirada y considerada como tal. La medicina, más que ciencia, es un arte en la antigua tradición hipocrática; el arte de ver, diagnosticar y curar un morbo, aquello que enferma el cuerpo de una persona, realidad cuyos síntomas serían parecidos pero no siempre corresponderían a la misma causa. Y lo que es más importante y misterioso, las causas que producen dicha enfermedad a veces son conocidas, a veces no. La realidad humana no se agota en lo cuantificable material, donde dos más dos es cuatro, pues existen otros factores de cambio en realidad.

La pretensión de que las cosas sólo se pueden conocer y explicar por una razón empírica -sólo verificada por los sentidos- y sobre todo, "matematizada", ha sido una insistencia en los últimos dos siglos. Sólo se puede creer en aquello que se percibe, se toca, se huele, se oye y el resto -el argumento sigue- es mera credulidad de viejos, o peor, un engaño de curas para gentes bien pensantes. Los milagros, como fenómenos que alteran de manera abrupta o progresiva el "lógico" ritmo de la naturaleza, son descartados como imposibles, no "científicos". El discurso de la ciencia y filosofía está lleno de este equívoco, un prejuicio grave que se llama naturalismo: el deseo de explicar todo, al ser humano incluido, su comportamiento, su ser, su desarrollo, apelando a la simple interacción de las leyes de la naturaleza. El ser humano como máquina.

Esta tendencia, terca actitud, reiteramos, niega de entrada y sin dar siquiera oportunidad, a que ciertos hechos abran la posibilidad de ser explicados apelando a lo sobrenatural, como explicación posible de ciertos fenómenos. El ser humano es reducido a una pieza de la naturaleza, cuya maquinaria se descompondría y repararía conforme a métodos "matemáticos; y si algo se "arregla" sin mucha explicación, diría un fiel naturalista, será pues que se desconocería la razón "científica" de lo que ha ocurrido.

Pero el tema de Cabañas es, más que el milagro, hasta el momento de su recuperación. Como también, sugeriría, la liberación de Fidel Zavala. ¿No cabría acaso una "intervención" de lo Alto en la miríada de causas naturales? No hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero hay más que eso. Tal vez el milagro no sea sólo algo que nos saque de un problema, o una enfermedad sino algo más; la vida misma. Ese me temo, es el punto que a veces olvidamos. La vida, y los seres humanos, no se reducen a mecanismos materiales, pues están pletóricos de intencionalidades: el amor, la pasión, la entrega del ser humano por los otros, pues el ser humano no es una simple cosa en medio de las cosas; es un cuerpo y es un mundo, es alguien que ríe y llora, sujeto al drama de la vida que no se la ha inventado sino que la ha recibido, sorpresivamente, un día.

La vida, la realidad de las cosas, la belleza, lo que se nos da, los goles que nos fueron dados, ese es el mayor milagro que se debería, me parece, también y sobre todo mirar. El resto es extra, es donación doble, algo sobre lo que no tenemos control. El fútbol es ya, con su belleza y arte, un milagro. Y los goles y habilidades en la cancha de Cabañas y tantos otros, una gracia. Caridad es el amor de Dios. La cuestión no es esperar que se nos solucionen las necesidades, sino arriesgar nuestra libertad -en caridad y verdad- arriesgando tratamientos para curar. Ese es el arte de la medicina. Ese es el arte de la vida. ¿Cómo se "explica" el progreso de Cabañas o la liberación de Fidel cuando todo parecería en contra? La "explicación" no es otra sino una Presencia que se nos ha dado desde el Infinito. Es la caridad en la verdad. Cristo es el secreto del ser humano. Es lo verdadero de la fe. El resto es matemática, o mera palabrería ideológica.

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