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| EDICION IMPRESA | Viernes, 27 de Noviembre de 2009

Además de luchar contra los corruptos, hace falta alentar la práctica de la honestidad

La corrupción cuenta con un elevado índice de adhesión social porque la deshonestidad gana espacios.. Ese vicio cultural que no es patrimonio exclusivo del sector público porque en el privado también se manifiesta, no será derrotado si toda la sociedad no establece un pacto para combatirlo. No basta promover campañas para concienciar a los niños, hay que extender a todos el mensaje de la necesidad de no ser cómplices de los sinvergüenzas.

La naturaleza humana es más proclive a dejarse arrastrar por los antivalores antes que por los valores generalmente aceptados por un amplio segmento de la comunidad. La corrupción es el resultado de esa fragilidad, alentada y amparada por una larga tradición de deshonestidad de las autoridades que consideran la cosa pública como patrimonio personal.

Esa mentalidad con respecto a la propiedad colectiva - como el ejemplo está a la vista de todos- se traslada a la sociedad civil donde lo ajeno se respeta cada vez menos. La corrupción, que no es sino la utilización de lo que le corresponde a otro o a otros en provecho particular, es el resultado de una cultura que cada vez cuenta con mayor cantidad de adherentes.

En esta situación, la contracorriente para disminuir sus efectos, hacer que pierda espacio y se reconstruya la práctica de la honestidad como un capital al que ningún país puede renunciar, las iniciativas contra la corrupción siempre son bienvenidas. Son las voces de alerta, por un lado, pero también el llamado a sumarse a un emprendimiento que revela un compromiso ciudadano para superar un estado de cosas e inaugurar un tiempo diferente.

El programa Costo Social de Corrupción del Centro de Estudios Judiciales (CEJ) pondrá en marcha el año que viene una campaña para que niños del primero al sexto grados tomen conciencia de lo que le cuesta al país la corrupción, denuncien las transgresiones y participen del control ciudadano eficaz a los administradores de instituciones públicas.

Es necesario, sin embargo, que lo que se circunscribe a un ámbito muy restringido se expanda a un segmento más significativo como para que tenga un poder de cambio. Y que no se detenga en el conocimiento y el coraje cívico, sino que enfatice en la necesidad de que cada persona sea honesta, promueva en su entorno la buena práctica de la rectitud y no se convierta en cómplice de los corruptos.

Cualquier campaña contra la corrupción y a favor de la honestidad tiene que involucrar a la mayor cantidad posible de personas e instituciones, tanto del sector público como privado. Lo que se haga de manera parcial y fragmentada no tendrá los frutos esperados para incidir en el comportamiento colectivo, siempre más propenso a seguir los malos ejemplos antes que los buenos.

A las iniciativas contra la corrupción hay que agregar el aliento de la práctica de la honestidad. Si cada ciudadano promueve ese parámetro de comportamiento y lo defiende cada vez que sea atacado, de a poco, se recuperará el terreno perdido. No se puede olvidar, por cierto, la sanción, ni la legal ni la moral, a los corruptos, pero si los corruptos dejan de tener cómplices y encubridores, más rápido se quedarán solos y sin oxígeno.

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