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EDICION IMPRESA | Sábado, 24 de Octubre de 2009

Los políticos y la vida de Fidel Zavala

Por Alfredo Boccia Paz |

Nada demuestra mejor la insostenible fragilidad del Estado paraguayo que la acción impune del EPP. Opera en un territorio geográfico delimitado, ni montañoso ni selvático, escasamente poblado, pero suficiente para humillar la endeble seguridad nacional. El secuestro de Fidel Zavala, un ciudadano sin vinculaciones con la política pasada ni presente, despertó la inmediata solidaridad ciudadana y generó una interpelación colectiva sobre lo que nos está pasando como sociedad. El momento es complejo, las culpas son múltiples, antiguas y difusas y la prioridad debería ser una sola: rescatar con vida a la persona secuestrada. Los ajustes de cuentas políticas, las facturas a cobrar, deberían venir después, luego de agotar los esfuerzos por lograr que Zavala termine vivo y en libertad.

Sin embargo, hemos asistido a la erupción de un oportunismo volcánico e inescrupuloso que aprovechó el episodio para obtener réditos sectarios con absoluta indiferencia hacia la suerte del cautivo. Una jauría insaciable mostró sus garras revanchistas contra Fernando Lugo intentando convertirlo en cómplice de los delincuentes y refritando viejos rumores usados con escaso éxito durante la pasada campaña electoral.

Nicanor Duarte –olvidando que este grupo terrorista se creó y fortaleció durante su mandato– dictó cátedras de buen gobierno. Lilian Samaniego aseguró que si los secuestradores no fueron detenidos es porque tienen un vínculo directo con Lugo. El senador Hugo Estigarribia optó por una forzada elipsis: "Lugo tiene que decirle a sus amigos de la extrema izquierda, radicalizada, violenta y asesina que liberen a Fidel". Juan Carlos Galaverna, al tiempo de anunciar futuros hipotéticos secuestros, consideraba el pedido de tregua solicitado por los presidentes de los tres poderes como una "parálisis del Estado". Los gremios agroempresariales acusaron al Gobierno de incitar los plagios. Lino Oviedo estalló en una confusa catarsis durante la cual exigió que Lugo se vaya a su casa antes que un juicio político lo saque del cargo. "Como a Raúl Cubas", exclamó, sin agregar que la salida de éste fue el corolario de los ríos de sangre que él mismo había prometido.

La mención al juicio político fue azuzada por buena parte de la oposición, por la prensa –que insinuaba que el silencio de Lugo ocultaba algo– y, por supuesto, por el vicepresidente, quien le dio manija a su fastidiosa y autodestructiva tarea de marcar sus diferencias con el presidente.

En momentos en que se imponían la austeridad de palabras y la reflexión prudente, triunfó la descalificación irresponsable y la vocinglería fanática. El que debería ser la principal preocupación de todos –cautivo en condiciones probablemente dramáticas en los montes del Norte– pasó a un segundo plano. Tuvo que ser la propia familia Zavala, la que suplicara moderación a los políticos. Los familiares de Fidel –quienes no consideraron prudente ni siquiera una marcha ciudadana– eran los únicos que alertaban que las negociaciones podrían ser entorpecidas por tanto irresponsable oportunismo desatado.

Ya habrá tiempo para juzgar las omisiones del Gobierno y exigir las responsabilidades a quienes corresponda. Pero, por el momento, la gente tiene derecho a reclamar mayor altura de sus representantes. Es criminal que la oportunidad de un micrófono sea usada para fogonear ventajas políticas en desmedro de la vida de un compatriota. De tanto apuntar ciegamente a Lugo, más de uno de ellos parecía actuar como gerente de márketing de los terroristas.

La sociedad paraguaya, conmocionada por la violencia sin sentido, se merece más respeto. No olvidemos a Fidel Zavala.

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