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Por Susana Oviedo | soviedo@uhora.com.py
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EN PDF. PUBLICACION IMPRESA
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Sentado en una desvencijada cama, De los Santos Salinas (85) trataba de calentarse con las pocas brasas de un brasero, ubicado frente a sus piernas. Entre las tablillas de la pared, lado derecho de su casilla, se filtraba el viernes un viento frío que traspasaba la vieja campera que vestía como abrigo.
La "casa" de don Salinas está al borde de un arroyo de aguas negras y debajo de una de las varias torres de alta tensión que hay en el terreno, a metros de Primer Presidente y calle Azteca II, a unas 10 cuadras de la avenida Artigas. Ya mediaba la mañana, y el anciano, entrado en confianza, con una voz cansada dice resignado: "No tenemos nada. Lo que mi esposa trae, 8 a 10 mil guaraníes por día, no alcanza. No ve... ahora mismo, yo todavía no comí nada, ni un bocado", admite.
Don Salinas está perdiendo la vista y el sentido auditivo. Su esposa Pablina sale a lavar ropa y a limpiar casas. "Yo ya no puedo trabajar, estoy enfermo", lamenta él. Oriundo de Acahay, vivió por varios años con su mujer en Luque en un terreno ajeno, cuenta. No tienen hijos. Hace 6 meses que habitan la casilla de madera y chapas que le hicieron por 80 mil guaraníes.
Paradójicamente, pese a estar bajo inmensas torres de la ANDE, no tienen luz eléctrica. "Hace frío aquí", dice, en medio del diálogo. Dentro de la habitación guarda una jaula de alambre con un par de gallinas. Hay además un estante y una mesita de madera, un balde de agua y la imagen de la Virgen de Caacupé.
La situación de don Salinas y su esposa es la de muchos otros pobres que viven en las zonas inundables de la Capital o en terrenos de fábricas abandonadas, alrededor de vertederos clandestinos de residuos domiciliarios o a lo largo de las cuencas hídricas de Asunción. En cualquier terreno donde pueda levantarse una casilla precaria.
DRAMA. "Estamos ante un problema creciente. Asunción está recibiendo una población muy huérfana de posibilidades, en su mayoría, proveniente del interior del país", explica Evanhy de Gallegos, intendenta.
Según indica, los habitantes de "las orillas" de la Capital figuran como asuncenos, pero no están catastrados, porque no se puede dar títulos a quienes están asentados en la cota de inundación.
"Asunción está encerrada en un anillo de pobreza infinita de 200 mil personas que han dejado el interior para venir acá. Ya no son solo 17 mil familias como se calculaba. La gente se arrima a Asunción pensando que aunque sea limpiando auto, puede encontrar una salida económica al problema de fondo que es la falta de empleo", reflexiona.
A criterio suyo, estas poblaciones se convierten en un verdadero drama para la ciudad, porque los asuncenos que apenas sobrepasan los 500 mill, se están expandiendo hacia otras ciudades del Área Metropolitana. En contrapartida, "se nutre de habitantes a los que, por el lugar donde vienen a asentarse, generalmente bajo la cota de inundación, ni siquiera podemos cobrarle por ningún tipo de servicios", señala Evanhy. Por el contrario, implican erogaciones significativas para la Comuna, ya que tienen que preverse fondos para ayudarlos luego de cada lluvia grande o tras una tormenta y para dotarles de servicios comunitarios básicos.
La intendenta simplifica la situación: "Asunción se descarga de habitantes con poder adquisitivo y se llena de pobladores insolventes". En su opinión, se necesitan fuentes de trabajo para que las regiones del interior puedan retener a sus habitantes.
Entretanto, con la población ya asentada y en los nuevos asentamientos se dejó pasar mucho tiempo, por lo que reasentarlos hoy resulta imposible, según la jefa de la Comuna capitalina.
VECINDARIO. En un asentamiento ubicado camino a Viñas Cué, cerca de una arenera, viven unas 70 familias que antes estaban en Blanco Cué. Ellas fueron reasentadas 12 años atrás por la Municipalidad, tras una creciente.
"Al final, nos quedamos definitivamente aquí. Ya tenemos escuela, centro de salud, capilla y cancha. Completo hay acá", describe don Rosalino Dávalos, padre de 4 hijos.
La calle de su casa está sin empedrar, pero en el vecindario ya tienen un sistema cloacal. "Yo mismo ayudé a hacerlo; tengo experiencia porque trabajé 12 años en Corposana", dice con satisfacción.
El medio de vida de don Dávalos es un carrito tirado por caballo. De las 70 familias que originalmente se reasentaron allí, hubo quienes vendieron el terreno que le asignaron y se marcharon. "Los más antiguos ya quedamos pocos", aclara.
Él es de los que se hicieron asuncenos, sin más remedio, y de los que aún dan batalla a la pobreza, desde la orilla.
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