Como los dones de la naturaleza son tan generosos que, aun atacados a mansalva, no se extinguen, existe la falsa creencia de que el bienestar que proporcionan va a ser a perpetuidad. No es sin embargo así. Las evidencias están a la vista.
Como ejemplo palpable basta mirar tan sólo el Bosque Atlántico de la Región Oriental, donde hasta no hace muchas décadas había 9 millones de hectáreas de montes interconectados armónicamente. De esa abundancia boscosa, hoy, de manera aislada, quedan apenas un millón 300 mil hectáreas. Los árboles fueron cortados para pasturas, madera o carbón.
Cercenar los árboles trae consecuencias irreparables a corto plazo: menos lluvia y por lo tanto disminución del volumen de agua, profundidad creciente de las venas acuíferas, degradación de la superficie del suelo, colmatación de arroyos, desaparición de tipos específicos de flora y fauna, más calor, reaparición de enfermedades consideradas extintas y otros males que se sienten en carne propia.
Si a ello se le agrega la emanación de gases que dañan la atmósfera y rompen la capa de ozono, junto al uso de agrotóxicos en la agricultura a gran escala, se tiene un panorama aterrador acerca del daño que los seres humanos le han causado a su espacio vital. Los países desarrollados -algunos de los cuales son reacios a poner freno a las emisiones nocivas que sus industrias generan- son los que aportan el mayor volumen de contaminantes ambientales.
El resultado es palpable: los recursos disminuyen en cantidad y en calidad. El Paraguay de hace 30 años no es el mismo hoy. Con menos bosques, reservorios de agua desaparecidos, humedales secos, precipitaciones pluviales cada vez más espaciadas e insuficientes y otras situaciones anexas, se están pagando las facturas.
La reciente lluvia acompañada de hollín y pavesa -productos de quemazones en la sequía-, con vientos de hasta 90 kilómetros por hora es solo la respuesta de la naturaleza a los ataques que recibe. La armonía que tiene es tal que a una acción siempre corresponde la réplica de una reacción.
Pasada la conmoción, es necesario considerar que los fenómenos climatológicos cada vez van a ser más violentos. La dimensión de su impacto, también. Por lo tanto, no sólo hay que tomar conciencia de la necesidad de que la misma sociedad les ponga freno a los depredadores y que las autoridades deben hacer cumplir a rajatabla las normas de protección a la naturaleza.
Las leyes son solo decorativas si no se exige su vigencia y se sanciona a los transgresores. Si no paran los ataques a la naturaleza y se restañan sus heridas hasta donde se pueda -forestación y reforestación mediante, por ejemplo-, pronto todo será más negro que lo vivido el pasado sábado.