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| Lunes, 19 de Enero de 2009 |

Ecología moral

Mario Ramos-Reyes

El medio ambiente debe ser tutelado. Este es uno de los principios de la doctrina social de la Iglesia, principio que se deriva y nutre, en importancia y fundamento, del concepto de bien común, del respeto al bien colectivo. La cuestión no es para menos. El cristiano como ciudadano tiene la responsabilidad de ser custodio del don de la realidad creada, no puede utilizar sin impunidad los seres creados, vivos o inertes, plantas, animales o elementos naturales. Se debe notar, además, que dicha responsabilidad es no solo personal con su Creador y con sus hermanos-ciudadanos, sino con la misma naturaleza, pues la explotación de la misma acarrea consecuencias impredecibles: crisis ecológica, contaminación ambiental. En suma, un hábitat tan frágil como la propia condición humana.

Pero si el cuidado ambiental es fundamental, piénsese en el aspecto del actuar humano en una comunidad. El aspecto humano al que nos referimos son aquellos actos que, en libertad de decisión, generan nuestras opciones como individuos, marcando la vida moral, la calidad de vida diaria. Recuérdese que moral viene del latín mores, que significa costumbres, serie de actos que forman nuestra manera de ser. Así, ninguna decisión libre que realizamos es gratuita, sin consecuencia. Estas reflejan lo que somos. Y aquí deseamos incluir no solamente a aquellas decisiones "grandes" como la de pagar impuestos o respetar la vida de un transeúnte, sino a aquellas "pequeñas", como la de no arrojar basura a la calle o tirar una botella de cerveza vacía a un baldío. Todas acarrean consecuencias y todas, repitamos, tienen consecuencias.

Ese es el contenido de ecología moral, que constituye un elemento fundamental para el funcionamiento saludable de una democracia republicana. Esa y no otra es la observación que recientemente el papa Benedicto XVI había hecho al evaluar la crisis económica que azota a los países desarrollados y poco a poco comienza a "derramarse" en los demás: la violación de la naturaleza del ser humano en su dimensión de sujeto, y no mero objeto de trabajo. Así, el carácter moral de la crisis se entiende como una de significado: la pérdida del valor del sentido y metas en la vida del trabajador, sea este inversor, político u obrero; el trabajo como fin y no medio. ¿Cómo se puede entender esto?

Pensemos en ciertas actitudes como el derrotero de la vida, hábitos, formas de vida de algunos especuladores, inversores, cuya meta no ha sido lo meramente lucrativo sino algo más. Debe advertirse por eso que la avidez insaciable que muchos han demostrado no era exclusivamente por el dinero, aunque no puede negarse que algunos hallaban excitante y llena de "satisfacciones" la acumulación de riquezas. Pero el punto es que, muy a menudo, para estos personajes, el dinero era una excusa. En primer lugar, muchos no disponían de tiempo para disfrutarlo lo que indica, en segundo lugar, que el trabajo ha sido, y para muchos sigue siendo, un fin en sí mismo. El trabajo como sucedáneo de la falta de sentido. El trabajo como Dios o la falta del mismo. Así el mantenerse ocupado oculta la soledad del yo-individual.

Visto desde esta perspectiva, la crisis actual es más una crisis de sentido y, sobre todo, englobante: es similar, y relacionada, con la crisis tecnológica: es una crisis de ecología moral. Es el ecosistema moral, el ambiente de vida en que se desarrolla el ciudadano actual el que está contaminado, y contaminado por él mismo. Y el síntoma silencioso es precisamente esa falta de sentido vital la que lo ha llevado a hacer del trabajo un fin convirtiendo a los otros ciudadanos en meros objetos de ganancia, una crisis, en fin, que se genera de una terapia contra el vacío de su propia existencia. ¿Cuál sería la salida? Tal vez esto sería para otro artículo, pero el tratamiento requiere reformas de tipo financiero, un nuevo modelo de desarrollo, pero advirtiendo que eso solo calmará síntomas visibles. La cura, la definitiva, debe ser más radical, lenta, dolorosa: es la conversión del corazón; algo que el ciudadano actual, nuestros vecinos, muchos de nosotros, respondemos con una dosis de soberbia e incredulidad "científica" como el Nicodemo del Evangelio: ¿cómo se puede nacer de nuevo siendo viejo? Pero la respuesta es sencilla: entregar el corazón a Cristo, con sinceridad, a pesar de nuestras limitaciones. Él es la cura de la crisis ecológica, ni qué decir de la crisis de la ecología moral.

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