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| EDICION IMPRESA | Domingo, 05 de Octubre de 2008

ENCOGIENDO A ASUNCIÓN

Una característica común de las ciudades pujantes es la constante visión de obras en construcción, sean edificios públicos o preferentemente de inversión privada, restauración o mejora de lugares y edificios históricos, la expansión, ganancia de nuevos espacios y áreas de desarrollo inmobiliario.
El estancamiento precede a la decadencia, lo que lleva a la ruina. Asunción pierde vitalidad, pierde tamaño, pierde dignidad. Si sumamos la miseria y desolación de las huestes de menesterosos, las bandas de despiadados delincuentes, el pésimo servicio público estatal y municipal, no podemos menos que festejar la pérdida de territorios. Hasta sería deseable que Trinidad, Recoleta y, por qué no, Sajonia, obtengan su independencia, tal vez lo poco que vaya quedando sea más manejable.
El escritor norteamericano Neal Stephenson menciona que en un futuro cercano el mundo estará dividido en sociedades privadas con territorios repartidos, rentados o comprados, en cualquier lugar. De la misma manera las ciudades estarán constituidas por barrios autónomos habitados por gente que reúne características étnicas o culturales análogas, con sus propias leyes, totalmente diferentes unos de otros.
En uno estarían los bohemios, artistas y artesanos; en otros, los maoístas y senderistas; los multimillonarios o elitistas; los judíos ortodoxos o puritanos o cualquier grupo que no quiera mezclarse, por lo que no incluyo a islamistas, pues su fin es la conquista y estarían en permanente "yihad", y esto no es ironía; los hedonistas y quienes les provean de los servicios; de otra forma, pero de manera similar, estarían agrupados los anglosajones, japoneses, europeos, confucionistas y otros.
Lo más interesante de la idea es que se maneja el concepto de que quien elige vivir y ser integrante de un mini estado lo hace aceptado las reglas y porque conociéndolas de antemano opta por someterse y asimilarse a esa particular sociedad, no es su fin, ni el de la comunidad que lo recibe, operar cambios en el sistema vigente, uno sólo se adapta.
Podríamos ensayar cálculos de en qué tipo de asociaciones de individuos se multiplicaría nuestro país. Los más poblados serían los de los que adoran la música a todo volumen, las bombas de artificio, los escapes sonoros, fanáticos del fútbol, del rally, de Caacupé, la Expo, los conciertos multitudinarios, la Semana Santa, las manifestaciones, las marchas y contramarchas, desfiles y todo lo que implica aglomeración de gente, tensión sexual, violencia latente, desorden en general.
Aparte estaría una zona donde no se osa husmear en la vida de los demás, no se ocupa espacios ajenos, se paga por lo que realmente vale y se gana lo que uno se merece, a nadie se le obliga hacer lo que no le gusta, pero se hacen las cosas que contribuyan al bienestar de la colectividad aunque cuesten un poco o sean tediosas o cansadoras. Casi no hay leyes porque en los respectivos hogares y centros de enseñanza se transmiten valores que hacen que los ciudadanos conozcan el respeto a los demás y a sí mismos sin necesidad de la compulsión.
Este último lugar sólo tiene cabida en la imaginación de unos pocos, el otro, es el que nos rodea.
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