Por Andrés Colmán Gutiérrez
SANTA LUCÍA, ALTO PARANÁ
Tiene 19 años, es blanca, alta y todavía está muy asustada. Maureen Janssens, de nacionalidad belga, quien vive y estudia en Paraguay por un convenio internacional, confiesa que nunca olvidará lo que le ocurrió el pasado sábado 31 de mayo, en Santa Lucía, Alto Paraná, cuando junto a dos monjas y nueve indígenas fue tomadas de rehenes por una turba de campesinos, quienes le robaron todas sus pertenencias y amenazaron con violarla y matarla.
"Me han pasado muchas cosas lindas en este país, pero esta fue una experiencia muy fea y terrible que no le deseo a nadie, aunque me ayudó a entender lo que sufren pobladores más humildes como los indígenas, totalmente indefensos ante la corrupción y la impunidad", dice la joven, en un español dificultoso aunque entendible, y todavía conmocionada por lo que le sucedió.
Maureen llegó al Paraguay en agosto de 2007, a través de un convenio de intercambio estudiantil promovido por la AFS (American Field Service), para quedarse durante un año como hija adoptiva de la familia Rojas Mareco, en Nueva Esperanza, Canindeyú.
Allí conoció a las religiosas misioneras Siervas del Espíritu Santo, quienes desde hace varias décadas acompañan pastoralmente a comunidades indígenas de la región, y se ofreció a ayudarlas como voluntaria, porque deseaba aprender sobre la cultura de los aborígenes paraguayos.
EL ATAQUE. El sábado 31 de mayo, junto a las religiosas Ángela Balbuena y Mirian Saucedo, regresaban del asentamiento Yuquyry, tres días después de que una comitiva fiscal y policial desalojó a un grupo de campesinos que habían invadido las tierras indígenas.
Venían en una camioneta Nissan, color plateado, propiedad de la congregación, con nueve indígenas en la carrocería, cuando un grupo de campesinos les cerró el paso, dos kilómetros antes del puesto policial de Santa Lucía.
"Eran como 30 o 40, nos cerraron totalmente el camino, gritando como salvajes, con armas de fuego largas y cortas, además de machetes y palos. Empezaron a disparar hacia nosotros, las balas pasaban silbando muy cerca del vehículo, nos agachamos todas y también los indígenas se tumbaron en el piso", relata Maureen, auxiliada por la monja Mirian Saucedo, otra de las víctimas.
La hermana Ángela, quien manejaba, intentó girar el vehículo, pero se empantanó y en seguida se vieron rodeadas por la turba. "Nunca vi algo así, me hizo recordar a la película Hotel Ruanda, cuando una turba de asesinos rodean a la camioneta del protagonista, me sentía como presa en un filme de terror", confiesa Maureen.
Los atacantes golpeaban los vidrios y las obligaron a bajar, igual que a los indígenas. "A mí me rompieron toda la campera con los tirones y seguían disparando balazos sobre nuestras cabezas, las armas chispeaban en la oscuridad, porque ya se hacía de noche y además llovía muy fuerte", interviene la hermana Miriam.
VIOLACIÓN Y MUERTE. Maureen recuerda que la encañonaron con varias armas de fuego, al igual que a las religiosas. Ella resbaló y cayó al barro, la levantaron por la fuerza y le dieron empellones. "Yo tiritaba de frío, mis dientes castañeteaban, y sentía que me clavaban sus armas en mi espalda", recuerda, con un gesto de horror.
Dice que las hicieron caminar unas tras otras durante unos 70 metros hasta un descampado, donde las obligaron a echarse sobre el pasto mojado. Allí empezaron a recibir amenazas de violación y muerte. "Decían que iban a abusar sexualmente toda la noche de nosotras, que iban a filmarnos mientras hacían eso y después nos iban a arreglar la cuenta, yo sentí que de allí ya no salíamos vivas", confiesa la monja Mirian.
La joven belga también pensó que la iban a matar. "Yo creí que iba a morir en el Paraguay, que ya no volvería nunca más a mi país", admite. Cuenta que a ella le robaron su cámara fotográfica, su teléfono celular, dinero y su carnet de identidad de la AFS, sin el cual ahora está provisionalmente indocumentada.
El calvario duró como media hora, bajo la fría llovizna, a medida en que empezaba a caer la noche. Hasta que vieron que se acercó un auto, con dos policías a bordo.
Eran Martín Espínola y Críspulo Duarte, los dos únicos policías de la zona, totalmente desarmados, que luego de una ardua negociación con los campesinos, que se prolongó durante otra media hora, pudieron lograr que las dejen en libertad, aunque sus pertenencias ya no pudieron ser recuperadas.
UN VALIENTEPOLICÍA
LAS RESCATÓSIN ARMAS
Eran las 17.15 del sábado 31. El suboficial Martín Espínola, jefe del puesto policial de Santa Lucía, escuchó los disparos de armas de fuego a la distancia y pensó que nada bueno podía suceder.
Conocía la gravedad del conflicto entre indígenas y campesinos, y temía que en algún momento ocurriera un enfrentamiento fatal.
"Fuimos con mi único auxiliar, el suboficial Críspulo Duarte a ver qué sucedía. A la distancia ya percibí que los campesinos tenían secuestradas a las monjas y a los indígenas, eran como treinta, nos superaban en número, entonces dejé mi arma y caminé hacia ellos desarmado, para dialogar", cuenta el policía.
La negociación fue dura y difícil, recuerda la monja Mirian Saucedo. "Los campesinos no querían hacer caso al policía, decían que no nos iban a liberar. Él les argumentaba que ellos iban a resultar perjudicados si algo peor nos sucedía, pero no querían hacer caso, estaban como borrachos o drogados. Recién después de casi media hora de discutir, aceptaron liberarnos", relata la que fue secuestrada.
La estudiante belga Maureen Hansses también destaca la valentía del policía Espínola, que prefirió usar la palabra antes que las armas para rescatarlas.
"Yo solo quería salir de allí, pero la discusión no terminaba nunca. Hasta que me llevaron a la Comisaría no podía creer que estaba a salvo", admite.
Sin embargo, ella está dispuesta a regresar al mismo lugar, junto a los indígenas, siempre que le garanticen seguridad y protección. "A pesar de la pesadilla que he vivido, estoy aprendiendo mucho. Ahora estoy decidida de que quiero ser antropóloga y no quedarme en Bélgica, sino venir a trabajar al Paraguay u otro país de América Latina. ¡Aquí hay tanto por hacer!", exclama.