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viernes 8 de julio de 2016, 01:00

No queremos chivos expiatorios

“La Fiscalía no fue objetiva al ocultar pruebas para condenar a como sea a los campesinos... Quiso fabricar una culpabilidad y fracasó. Sus acusaciones fueron falsas y exageradas”.

Escribíamos ayer esto y lo volvemos a repetir porque siendo el juicio de Curuguaty un juicio eminentemente político, no admitimos chivos expiatorios.

Todos los campesinos presos por la masacre de Curuguaty en Marina Cué son, absolutamente todos, igualmente inocentes.

Desde el comienzo se fabricó una persona, Rubén Villalba, sobre quién descargar la culpa. La Fiscalía pidió 30 años de penal, más diez de seguridad, la mayor condena en los tiempos modernos del Paraguay.

Rubén Villalba, nacido en Quyquyhó (Paraguarí), en 1965, fue un campesino adolescente reclutado a la fuerza por las FFAA. Trabajó luego vendiendo en las calles de Asunción. Vuelve al campo en Caaguazú y en Canindeyú.

Desde pequeño es activo en la Iglesia y fue catequista de confirmación en su capilla.

Preso en Marina Cué, hizo dos huelgas de hambre con sus compañeros para obtener la prisión domiciliaria. Cuando iba a su casa fue de nuevo detenido. Abrieron una causa ya extinguida en el 2008. Un campesino de Yasy Kañy vendió su parcela dada por el Indert a un brasileño y este con las fumigaciones para la soja enfermaba a los demás. Rubén fue sindicado como líder del grupo que protestó y condenado a siete años. El juez de la condena es el mismo que ahora los juzga por Curuguaty.

La Fiscalía lo acusa de matar al comisario Lovera, porque llevaba presuntamente una remera roja. Propiamente era otro, Pindú, según testimonio de la madre de este campesino muerto en Marina Cué, el que llevaba la remera de este color. La fiscala basó además su acusación en el testimonio de la psicóloga. Es líder pero contra él la fiscala fabricó las acusaciones.

Rubén Villalba como sus compañeros de Canindeyú son todos inocentes.