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lunes 1 de mayo de 2017, 01:00

“No importan las habilidades que tengamos si no existe la voluntad”

Karina Godoy

“Con la guapeza en sí no nacemos, sino la hacemos mediante la voluntad y el amor que pongamos a cada trabajo para poder salir adelante”, expresa don Ignacio Guerreño, como una filosofía que resume su vida cotidiana. Contar con una sola mano no fue impedimento para que desde pequeño pueda realizar las más arduas labores, sobre todo en el mundo de la agricultura.

El hombre, de la localidad de General Artigas, Departamento de Itapúa, recuerda que desde niño –siendo hijo único– sintió la necesidad de trabajar con el fin de ayudar a su madre para el sustento del hogar. Desde los 9 años aprendió a trabajar en la chacra.

“Cuando pedía trabajo, al principio no me querían dar porque no confiaban en mí, pero les demostré que sí puedo a través de mi voluntad. Busqué la forma para poder agarrar la azada o el lazo para atrapar al ganado. Siempre tuve que guerrear porque quería progresar”, afirmó.

Hoy a sus 54 años sigue con la misma destreza a la hora de realizar alguna labor. En esta etapa ya lo acompañan sus hijos, quienes aprendieron de su padre la disciplina y el esfuerzo.

Cuestión de Actitud. Don Ignacio considera que su faena significa además un entretenimiento que a la vez lo dignifica. “Con esta condición con la que nací podía hasta haber sido un mendigo, pero a mí siempre me gusto hacer algo productivo”, destacó.

Comentó además que en muchas ocasiones sintió la discriminación de varias personas, ya sea con miradas despectivas o comentarios desabridos, por su condición física.

“A mí este cuerpo con el que nací no me incomoda. En realidad lo que me da vergüenza es cuando no tengo ocupaciones”, aseveró.

Actividades. Su rutina empieza antes del amanecer con unos cuantos sorbos de mate bien caliente y un poco de música folclórica para motivar el espíritu que enfrentará una larga jornada.

Además de abocarse al cultivo, también se desempeña como limpiador en el matadero municipal.

No importa que el sol brinde su más fuerte resplandor, o el frío del invierno sea el más crudo, don Ignacio pone su mejor predisposición, sobre todo como labriego ya que en la tierra que trabaja está su esperanza y la de su familia para salir adelante.