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Opinión
domingo 23 de julio de 2017, 01:00

Ni delincuentes ni mártires

Luis Bareiro - @LuisBareiro
Por Luis Bareiro

Los campesinos que llegaron hasta la capital a manifestarse no son delincuentes ni haraganes consuetudinarios ni héroes que cultivan por amor a la patria; son sencillamente trabajadores cuya actividad no genera renta suficiente como para cubrir sus necesidades y pagar sus deudas. Y hoy que están endeudados hasta el cuello, consideran justo que el Estado los salve, así como antes subsidió a empresarios transportistas y pagó los monos de una azucarera privada.

Para encarar el problema con alguna posibilidad de éxito, hay que sacarle el lirismo que pretende darle la izquierda y los prejuicios con los que los descalifica la derecha. La crisis de la agricultura familiar campesina es un fenómeno mundial, es la consecuencia de la transformación del sistema de producción agropecuaria que pasó de la actividad de pequeños y medianos granjeros a la economía de escala de los grandes productores y las multinacionales.

Debatir si eso es bueno o malo es perder el tiempo. No podemos alterar la tendencia, pero sí necesitamos paliar sus efectos.

Geor Birbaumer, ingeniero agrónomo de origen austriaco, que trabajó e investigó toda su vida todo lo relativo a la agricultura familiar campesina en diferentes lugares del mundo y en Paraguay como miembro de la cooperación técnica alemana desde los 80 (por cierto, terminó enamorado del país y de una paraguaya, afincándose hasta hoy en San Pedro) aporta en su libro La degradación de la agricultura familiar en el Paraguay datos claves para entender el drama local.

En la década de los 60, los lotes que entregaba el Estado para la reforma agraria eran de 70 hectáreas, hoy el pequeño productor tiene en promedio 5,9 hectáreas. El ingreso en dinero de la producción agropecuaria de estas pequeñas fincas cayó de 3.000 dólares por año en 1990 a 1.000 dólares anuales en el 2013.

La causa es que no hay rubros de renta para la producción en pequeña escala. El algodón fue el último. La producción sirve para cubrir la necesidad de alimentos, pero no para salir de la condición de pobreza. Lo que sostiene a estas familias son los ingresos extraprediales, trabajos a destajo o transferencias de dinero que hacen miembros de la familia desde fuera de la finca. Este dinero era de 150 dólares anuales en promedio en 1990 y llegó a 1.500 dólares para el 2013.

Birbaumer refiere que hay solo dos salidas para la agricultura familiar: aumentar el tamaño de las fincas (lo cual parece casi imposible) o volcar parte de las ganancias de los grandes productores en el desarrollo de centros urbanos (pueblos) que generen puestos de trabajo para las familias campesinas.

Condonar deudas no cambiará nada. La clave está en gravar adecuadamente el recurso más valioso del país, la tierra. En Paraguay no hay impuestos que desestimulen la concentración, y los gravámenes inmobiliarios son absurdamente bajos. El resultado es que las propiedades de más de 1.000 hectáreas que ocupaban el 66% de las tierras cultivables en el 81 hoy rayan el 85%.

La cuestión es simple: quienes lucran con la tierra tienen que pagar más impuestos. Todo lo demás es bolaterapia.