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Opinión
viernes 10 de marzo de 2017, 02:00

Mi amiga Nora

Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Me recibía en su casa con una merienda y la notebook lista para preparar juntas nuestra exposición sobre un tema de interés común, ella la filósofa serena y yo la pedagoga inquieta, ambas paraguayas del siglo XX y XXI. ¿Qué decir a una audiencia internacional sobre la perspectiva de género desde una visión personalista y hacer un análisis crítico de la mujer paraguaya como constructora sociocultural, sin caer en clichés o esnobismos? Tarea que nos propusimos no desde la pretensión del agotamiento intelectualoide, sino desde la pregunta sincera.

Su hija menor asomaba cabecita y ojazos, y con su pícara pose me hacía pensar más que los textos y los pensamientos encontrados de la ideología de género y de otras teorías (como aquellas desarrolladas en la Escuela de Frankfurt), en la necesidad urgente de esta generación de encontrar pistas de verdad más allá de los panfletos prejuiciosos del feminismo de moda, o del argumento reduccionista de lo "políticamente correcto". ¿Cómo escapar de las garras del pensamiento único y del infantilismo cultural para volver a mirar a la cara la realidad de las cosas? ¿Cómo decir algo real sobre la mujer, sobre la persona que vive y aporta socialmente, si no se parte de la belleza de seres concretos, como la pequeña niña que nos interrogaba silenciosamente?

Esta anécdota me vino a la mente cuando estuvimos discutiendo sobre la manera más justa de encarar el tema de la dignidad de la mujer, sin caer en abstracciones o reproducir un discurso superficial que "queda bien", pero que no aporta gran cosa.

Esa niña y su madre con sus preguntas, sus deseos, sus necesidades, pero también con infinidad de posibilidades de aportes creativos al mundo me interpelaban a analizar más a fondo aquello de "la mujer más gloriosa de América, que supo conservar la cultura, la fe y el idioma" de un pueblo, injustamente atropellado y amenazado durante gran parte de su historia.

Literalmente, los paraguayos les debemos la patria a nuestra mujeres, pero, ¿de qué nos serviría fijar obsesivamente nuestra mirada en las estampas de aquellas residentas que resistieron el genocidio del 70, si no encontramos su equivalente contemporáneo?

Mi amiga y yo no pensamos exactamente igual, pero vibramos con la misma pasión por la búsqueda de indicios de verdad para explicar el fenómeno cultural paraguayo quizás más ignorado: la construcción de la sociedad civil por parte y con el estilo de la mujer paraguaya.

Nosotras encontramos mucho. Relacionamos gestos, historias antiguas y recientes, creencias, comportamientos heroicos... pero, sobre todo, yo me encontré con Nora, una mujer brillante, esposa y madre de 5 hijos. Me pasó con ella como con abuela, mamá y tantas otras paraguayas que no hacen estudios antropológicos, ni discursos encendidos, ni marchas. Y, sin embargo, resguardan con su propia forma de vivir un ADN cultural abierto a la vida y a sus desafíos. Una admirable herencia que deberíamos valorar y enriquecer mucho más.