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Economía
lunes 9 de enero de 2017, 01:00

Menos optimistas

Por Yan Speranza Presidente del Club de Ejecutivos

En el transcurso de la década que está transcurriendo, una de las situaciones positivas que se podían percibir en el ambiente era el creciente optimismo de la población en general.

Una suerte de elevación de la autoestima nacional a partir de varios años muy buenos en varios sentidos. Es que estábamos inmersos en un proceso de transformación del país, impulsado por un crecimiento sostenido ya por más de una década; el cual había sido elusivo durante tanto tiempo para el Paraguay.

Si nos detenemos un momento y miramos lo que ha ocurrido en el país en los últimos 15 años solamente, vemos progresos significativos en varios sectores.

La economía ha crecido prácticamente cinco veces. Nos hemos convertido en actores relevantes a nivel mundial en rubros como la soja y la carne. Nos abrimos al mundo y muchas nuevas inversiones han llegado. A su vez la clase media ha crecido sustancialmente, solo por citar algunos elementos que fácilmente pueden ser corroborados con datos verificables.

En términos sociales también hemos avanzado en temas centrales como la fuerte disminución de la pobreza extrema, la total y el sustancial crecimiento de la inversión social en aquellos sectores más vulnerables.

Lo bueno además es que todo esto era producto de un proceso de acumulación que se iba dando a través de varios gobiernos, con lo cual se empezaba a construir esa idea tan importante para el desarrollo como lo son sin duda las políticas de Estado.

Evidentemente aún tenemos enormes rezagos en diversos sectores que también serían muy sencillos de listar, pero de todas maneras se respiraba un mayor optimismo, como convencidos de que nuestro país tenía grandes oportunidades para continuar en la senda de un verdadero desarrollo.

Hoy, todos esos datos duros de mejoras sustantivas siguen ahí y las enormes potencialidades siguen estando presentes, incluso, con mejores condiciones en muchos casos.

Sin embargo, el ambiente de mayor optimismo se ha ido apagando y va siendo reemplazado por una sensación de incertidumbre e intranquilidad.

Probablemente las condiciones diferentes y más complicadas de la coyuntura internacional hayan contribuido a generar dicha sensación, pero definitivamente los mensajes y ciertas acciones de los actores políticos nos llenan, hoy internamente, de preocupación y alejan al optimismo.

Es que los ciudadanos van interpretando la realidad de acuerdo con los mensajes que reciben. Y todo eso genera un conjunto de nuevas percepciones que, en definitiva, moldean las decisiones que se toman.

Y, por supuesto, en un ambiente ya preelectoral como el que estamos viviendo en estos momentos, se viene una gran polarización entre aquellos para quienes todo está absolutamente mal en el país –siendo ellos el cambio y la solución obviamente– y aquellos que consideran que lo están haciendo de manera casi perfecta.

Es decir, se empiezan a tomar posiciones desde los extremos y el medio en donde suelen estar las decisiones más razonables se va perdiendo.

Un ejemplo claro de esta situación ha sido precisamente el tratamiento del Presupuesto General de Gastos de la Nación, una ley tan importante y de interés general que ha sufrido un embate innecesario desde posiciones extremas e irracionales.

Esta dinámica política bastante perversa lo va acaparando todo y los espacios de diálogo en donde se buscan acuerdos mínimos que generen previsibilidad, no solo entre actores del sector público, sino también con el sector privado, se van dejando definitivamente de lado.

Este es el marco en el cual estamos iniciando este nuevo año, en condiciones definitivamente mejores que una década atrás, con las posibilidades intactas para seguir en el proceso de acumulación mencionado, pero con menos optimismo y mucha más incertidumbre.

En este contexto, el papel de los líderes de los diferentes sectores de la sociedad será clave para atenuar o profundizar estas sensaciones.