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Opinión
viernes 14 de octubre de 2016, 02:00

Memo para las que están y para las que vienen

Por Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Una mujer pierde a sus hijos, a su compañero, a sus padres, a sus hermanos y demás parientes en la guerra. Es ella y otra y otra y otra...

Su país es invadido, asaltado, aniquilado. Sus plantaciones se han esfumado. Sus vestidos típicos están hechos girones. Su dignidad pisoteada. Pasa hambre y ralla huesos para sobrevivir.

Resistencia. Su nueva educación "civilizatoria" justifica el genocidio de su pueblo o por lo menos lo pasa por alto y le hace sentir avergonzada de su origen "guarango"... Pero ella resiste, se levanta, se introduce en esta realidad con el dolor a cuestas, aunque sabe que la cicatriz quedará de por vida.

No destruye, no envenena, retoma la marcha descalza y firme, rehace el rancho, deja en su vientre renacer la vida, la cuida, la atesora, la empodera...

Algunos la llaman prostituta porque tiene hijos "bastardos" y porque no se adecua al marco rector que pretende regular su sexualidad.

¿Se tratará tal vez del argumento de la nueva película tipo Apocalypto, de Mel Gibson? No, para nada. No hay medallas, ni menciones, ni libros gruesos que expliquen sus actos de coraje inaudito. Son demasiado cotidianos, personales, pequeñas hebras de luz en el tejido de la historia. Ella no está elucubrando ideas, está haciendo patria. Se sacrifica.

Gloriosa. En el resto del mundo, la modernidad viste de seda a sus coetáneas, muchas caen en trampas manipuladas, pero ¿realmente prosperan?

Ella parece rezagada, pero en su camino aprende y enseña. La verdad es que es gloriosa. Es una mujer que sin poder terminar sus estudios empuja a sus hijos a la escuela.

Es una mujer que, sin poder conformar una familia estable tras la guerra, empuja a sus hijos a hacerlo.

Es una mujer que sin poder expresar por mucho tiempo en las letras ni en los discursos públicos, su propia palabra, porque la pronunciaría en guaraní y eso está proscripto por los nuevos amos de la política; sin embargo, canta y cuenta a sus hijos en su bello idioma ancestral lo que ellos son y les transmite la cultura.

Destino. También reza porque conoce la fuerza del destino. Y sueña porque es mujer. No ayer solamente, sino hoy, en una casita alquilada en la afueras, en su rancho levantado en un montecillo del campo, en la estancia de un patrón, en la sala de espera de un hospital donde de nuevo hay que dar la lucha por la vida, que para ella nunca fue fácil pero sí valiosa, concreta y concisamente buena.

Ojalá no traicionemos este honroso origen ante los nuevos genocidas que atacan a la mujer paraguaya en estos días.