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Opinión
domingo 25 de junio de 2017, 01:00

Mártires del agronegocio

Guido Rodríguez Alcalá

Sor Dorothy Stang iba caminando por un camino de Pará (Brasil) cuando le cerraron el paso dos hombres.

"¿Usted tiene un arma?", le preguntaron.

"Sí", contestó ella, mostrándoles su Biblia, que comenzó a leer: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque verán el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados".

En respuesta, uno de los hombres le disparó a quemarropa el tiro de revólver que la derribó y luego le disparó cinco veces más, para asegurarse de que estuviera muerta, como corresponde a un sicario profesional.

Los mandantes –como llaman en el Brasil a quienes pagan por un asesinato– no pensaron que el de la religiosa les trajera mayores dificultades, porque en Pará y otros estados de la Amazonia suelen quedar impunes las muertes de los religiosos, líderes campesinos y ecologistas que molestan a quienes destruyen la selva ilegalmente, sea para vender la madera, sea para ampliar sus estancias o cultivos de soja transgénica.

Según la Comisión Pastoral de la Tierra (entidad de la Iglesia brasileña), solo hubo imputación en el diez por ciento de los 1.270 crímenes de ese tipo cometidos entre 1985 y 2013.

Por otra parte, una imputación no significa una condena, y una condena no significa irse preso.

Lo sabía la religiosa norteamericana Dorothy Stang, quien no se amedrentaba por eso, porque se sentía en la obligación moral de amparar a los más débiles, a los campesinos hostigados por los ganaderos; los ganaderos la habían puesto en una lista negra años antes de su muerte, ocurrida en enero del 2005.

Una lista negra tiene un carácter anónimo y público, y contiene la advertencia: váyase o cállese, porque, de lo contrario, lo vamos a matar.

Como la admirable mujer proseguía su labor misionera, decidieron eliminarla los estancieros Regivaldo Pereira y Vitalmiro Bastos, quienes contrataron a los sicarios, pensando que aquel sería uno de los tantos crímenes impunes.

No contaban con la indignación provocada por el asesinato de una mujer desarmada de 73 años, de intachable y reconocida rectitud moral.

La actitud pública y las autoridades repudiaron e investigaron el hecho; se reforzaron los controles ecológicos de la selva amazónica; quedaron sin efecto proyectos de inversión lucrativa pero destructiva en esa zona (en jerga empresarial: se desalentaron las inversiones).

El hecho positivo tuvo una consecuencia negativa: se vinieron al Chaco paraguayo demasiados inversionistas, para depredarlo como no podían depredar el Amazonas.

Nuestro Chaco tiene una de las tasas de deforestación más altas del planeta, con la consiguiente salinización del suelo, que se puede ver en fotos satelitales.

Para infortunio de Pereira y Bastos, tomó cartas en el asunto el fiscal general norteamericano, porque habían asesinado a una ciudadana norteamericana; intervino el FBI y ellos tuvieron que ir presos; encima fueron condenados a duras penas de cárcel si bien, antes que presos, los dos han sido presos sambuku. ¿Les irá mejor con Temer?

Desde 2016, han aumentado los asesinatos de ecologistas y la depredación en el Brasil.

¿Y cómo andamos por casa?

El Paraguay está a la altura del país vecino en materia de depredación y asesinatos de campesinos.