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Opinión
viernes 16 de diciembre de 2016, 02:00

Luces colaterales

Por Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

Los chivos expiatorios existieron siempre, los elegidos por la sociedad para descargar en ellos iras y frustraciones. En tiempos de tanta exposición mediática, ser tocados con la crítica, la incomprensión, la calumnia o aún cosas más pesadas, duele y atrae consecuencias de todo tipo. Ser chivos expiatorios del desencanto o la impaciencia es argel, más de las veces, cruel. Pero, aparte de Jesús de Nazareth, que es un caso excepcional, pues se dice de Él que es el único hombre justo, todos tenemos alguna vela en el entierro de nuestro éxito social, como quien dice, y aunque suframos injusticias, también las cometemos a menudo. De alguna manera, ser víctima también atrae la atención e incluso no faltará quien sepa usar de su condición frágil en un campo para derrotar a sus adversarios en otro.

Los que sí están realmente fuera de la memoria y de la conciencia de la gran mayoría, es otra categoría de personas que curiosamente caminan a nuestro lado con sus dolores y sus penas. Es la marcha taciturna de tantos inocentes. Ellos son como ovejitas de un redil insignificante a los ojos del gran hermano, del reality show de la aldea. Ni siquiera son vistos por la jauría que ejecuta la caza de los "culpables", con razón o sin razón; ni siquiera son el blanco del ajusticiamiento o la expiación de los chivos. No cuentan para los dueños del circo ni para sus ideólogos ni para la masa que aplaudirá o protestará. Sencillamente están fuera. Ellos permanecen en la "periferia existencial" de un sistema que reprueba la inocencia y ahoga su grito silencioso.

El otro día los hijos de Abrahán Fehr, el menonita de 37 años secuestrado hace mucho más de un año por los criminales del EPP, mostraron unas tortas hechas por su mamá por el cumpleaños de su padre ausente... Fue solo un momento, una foto sin detalles sobre estos niños y otras mujeres de la familia, que por suerte no están completamente solos, pero despertaron en mí muchas preguntas y, con su mudo dolor, me hicieron patente el rostro de muchos cientos de miles de anónimos que sufren la indiferencia del Poder y de su séquito. También de la masa. Me horroricé al percibir la enorme desconexión que tenemos con tantas personas que padecen los daños colaterales del sistema que ignora y amedrenta a los pobres de la Tierra. Y, sin embargo, hay luz en estas zonas existenciales, en estas periferias. De ellos quisiera aprender, por ejemplo, cómo es posible seguir en pie en sus circunstancias y preparar dulces tortas para celebrar la vida, aún con tanto dolor a cuestas. Definitivamente, son un tesoro escondido, un bien incalculable y resplandeciente para nuestra humanidad. Qué bueno que existan.