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Economía
lunes 11 de julio de 2016, 01:00

Los siguientes 100 días…

Al inicio de cualquier relación humana usualmente proyectamos en el otro nuestras mejores expectativas, lo que queremos que esa persona –casi desconocida– sea y haga. Entonces le damos carta blanca y una gran libertad de acción. Al pasar el tiempo, la persona desconocida pasa a ser conocida, en sus limitaciones y realidades, si bien hace algunas cosas que esperábamos tal vez no haga de la forma exacta y con la misma velocidad con que corresponde a nuestras perspectivas. Vale enfatizar que esas “expectativas” fueron ideas solo nuestras, que constituyeron un contrato implícito que nos inventamos en nuestra mente, pero que el otro nunca aceptó ni firmó. Entonces, cuando la realidad no corresponde con lo que esperábamos, todo se traduce en una indignación, porque esa persona no cumplió con “nuestras expectativas”. Este ciclo se da tanto entre personas comunes como entre electores y líderes.

De aquí surge la ventana de tiempo de acción de un líder, la que hemos convenido en llamar los primeros 100 días. Al inicio del mandato, en esos primeros 100 días, el líder recientemente nombrado, el presidente recientemente electo, puede concretar sus movidas más agresivas, realizar los cambios más profundos, promover y aprobar leyes sorprendentes, desafiando el statu quo. Así lo han hecho Horacio Cartes, Macri y tantos otros que implementaron inmediatamente al inicio cambios disruptivos sorprendentes. Estadísticamente es en este primer y efímero periodo inicial donde se dan los mayores avances en el cambio de reglas del juego. Es la fase propositiva. Se usa el poder otorgado por la reciente elección, donde se representa legítimamente la voluntad de la mayoría de los electores.

Pero al pasar el tiempo, el peso de las expectativas inventadas, de las exigencias creadas en desconocimiento de la dura y difícil realidad, retira la carta blanca, y pasa a cobrar resultados inmediatos. El apoyo de la mayoría se disuelve, la oposición se organiza, y allí se socava el poder inicialmente otorgado al líder. Se da el escenario exactamente opuesto, mientras se pide implementar exitosamente los cambios aprobados al inicio, se retira, cuestiona, y hasta debate el real apoyo al líder. La larga fase de implementación es el periodo que más energía requiere. Y es aquí donde se debe continuar apoyando al líder, porque también es el momento donde el establishment realmente se ve amenazado, pues se da cuenta de lo que implica el cambio de reglas del juego, y contraataca.

Sumemos a esto la velocidad del efecto tecnología. Antes, el periodo de un gobernante paraguayo era de 5 años, y se lo evaluaba de nuevo en las urnas a cada 5 años. Hoy la tecnología permite evaluar las expectativas en una democracia casi en forma instantánea, independientemente de su periodo de mandato. Las redes sociales y los medios digitales de comunicación crean un gran espacio a la libre opinión, potencian las voces de las masas, mientras que limitan el poder a los medios tradicionales de televisión y prensa escrita. Los nuevos sistemas virtuales de organización de la sociedad pasan a medir constantemente el nivel de aceptación. La tecnología hizo surgir un espacio donde se bajan los niveles de los líderes y se suben las voces sin importar de quiénes sean. Hasta el más inmaduro se disfraza usando un perfil falso, para promover críticas y congregar seguidores.

Realmente no es lo mismo ser un líder hoy en tiempos tecnológicos. La sociedad se ha vuelto mucho más demandante. Pero implementar cambios en la realidad continúa siendo tan difícil de como lo era antes. Mientras que la tecnología de poder comunicar no ha hecho que quienes se expresan solos o en conjunto hayan madurado y sean justos con sus expectativas.