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Opinión
lunes 8 de agosto de 2016, 01:00

Los apaciguadores Juegos Olímpicos

Por Blas Brítez – @Dedalus729
Por Blas Brítez

Trece años antes de la celebración de los primeros Juegos Olímpicos en 1896, Inglaterra formulaba una ley de trenes baratos que obligaba a las compañías ferrocarrileras a ofrecer una gran cantidad de pasajes económicos. Londres estaba modificando su paisaje al ritmo del crecimiento industrial que había creado una nueva clase social que se dedicaba a vender su fuerza de trabajo en las fábricas y, de paso, a convertir a la ciudad en un mapa multitudinario del tráfico colectivo. Para 1895 ya eran siete millones los usuarios del boleto económico, cuando en 1883 eran apenas veintiséis mil. Esto a raíz de lo que el historiador británico Eric Hobsbawm denominó segregación residencial y que los urbanistas contemporáneos llaman gentrificación: la expulsión de ciudadanos pobres y trabajadores de zonas atractivas para los negocios. El surgimiento del transporte público es el precio que el capitalismo debió pagar por arrojar a la periferia a su mano de obra.

Por el tiempo en que esto sucedía en Gran Bretaña, un francés sospechoso de fanática anglofilia, Pierre de Coubertin, impulsaba la creación de los Juegos Olímpicos, inspirado en el pedagogo inglés Thomas Arnold, quien concebía al deporte como eje central de la educación. Pero la motivación de Coubertin no era solamente pedagógica, o por lo menos no en el sentido tradicional: un inmenso contingente de trabajadores estaba tomando protagonismo político en Europa y la universalización de los deportes (sobre todo los de origen inglés) se erigía en el apaciguador correlato ocioso de la introducción del transporte público para ir a trabajar. "Los ingleses enseñaron a los obreros tanto las reglas del trabajo como las del deporte", escribe Álvaro Rodríguez Díaz, en El deporte en la construcción del espacio social.

En la brillantemente paródica Sabotaje olímpico, la novela del ciclo del detective Carvalho, escrita por Manuel Vázquez Montalbán, este afirma que "los benefactores del siglo XIX se inventaron el deporte social para que los esclavos industriales fueran menos infelices y las competiciones deportivas entre Estados para demostrar que, en efecto, la paz es la prolongación de la guerra y requiere una insistencia en el entrenamiento para el futuro éxito bélico".

Más de cien años después, en Brasil los Juegos Olímpicos reproducen la lógica de la expulsión social en nombre del beneficio empresarial. Vila Autódromo, en Río de Janeiro, fue hasta hace poco un barrio de 700 familias de pescadores hoy desplazadas —luego de décadas de vivir allí— para que el Parque Olímpico (y toda su dinámica comercial) pudiera ser construido. Hoy veinte de ellas resisten y no se moverán de allí, para recordarnos ejemplarmente los orígenes del capitalismo y del olimpismo.