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Opinión
domingo 4 de marzo de 2012, 00:00

La tercera vía

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Por Luis Bareiro

Para solucionar el problema de la tierra solo hay tres vías posibles.

La primera es hacer una revolución, mandar al mazo Constitución y leyes, recuperar todas las tierras que alguna vez fueron públicas y volverlas a repartir de acuerdo con la necesidad de la gente.

Esta opción tiene dos inconvenientes insalvables; supone la sustitución de la democracia por un régimen revolucionario (una dictadura), y el sometimiento de todos al criterio social de unos pocos revolucionarios, un puñado de iluminados entre quienes pueden estar socialistas convencidos como Tomás Palau o mercaderes de la miseria como Victoriano López.

No parece la mejor salida.

La segunda es recuperar las tierras adjudicadas ilegal o injustamente a personas que no podían o no debían ser beneficiarias de la reforma, y las tierras adjudicadas a quienes sí eran beneficiarias, pero que terminaron vendiéndolas a terceros.

Este camino tiene apenas un escollo: el Poder Judicial. Cualquier recuperación solo se podrá hacer por la vía judicial, lo que supone ingresar a un largo, interminable y oscuro túnel, de insospechadas bifurcaciones y de un absolutamente incierto final.

Un botón de muestra. De los cuatrocientos casos de tierras mal habidas que identificó hasta ahora el Estado, solo cien reúnen requisitos básicos como para ser llevados a juicio; y de ellos, el único impulsado hasta ahora arrancó en tiempos de Nicanor y terminó hace unos meses, con un fallo en contra y las costas judiciales a cargo del contribuyente.

Es la vía obligada en un estado de derecho, pero lo más probable es que antes de recuperar una sola hectárea de tierra por la vía legal, la mayoría de quienes hoy la reclaman estarán varios metros bajo ella.

La vía judicial resulta pues tan incierta como la revolucionaria.

Así las cosas, la tercera y única vía posible es política, y requiere como condición previa de una concertación social.

El Gobierno necesita depurar sus registros, saber qué pasó con sus tierras y quiénes la ocupan hoy; y negociar luego con ellos, tanto con los terratenientes como con los colonos y los pequeños productores.

Tendrá que acordar la sesión o la venta parcial de esas tierras, quizás a precios especiales, pagaderos con canjes o con bonos. Y tendrá que hacerlo sin perder nunca de vista el problema de fondo que no está relacionado con la propiedad, sino con la rentabilidad de las tierras.

Porque ningún intento de reforma agraria puede ser exitoso si no se enfoca el problema de la renta. No importa que el lirismo patriotero o los prejuicios ideológicos la identifiquen con la bandera, el himno nacional o la soberanía patria; el campesino que no logre explotar eficientemente la tierra terminará por venderla.

Y si no lo entendemos así, la reforma seguirá siendo solo un discurso, bueno para ejercitar la oratoria, pero inservible para comprar el pan.

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