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miércoles 26 de abril de 2017, 01:00

La sal desvirtuada

Hoy meditamos el evangelio según San Mateo 5, 13-16: Los hombres podemos ser causa de alegría o de tristeza, luz u oscuridad, fuente de paz o de inquietud, fermento que esponja o peso muerto que retrasa el camino de otros. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos.

El papa Francisco, a propósito del evangelio de hoy dijo: “Jesús siempre habla con “con palabras fáciles, con comparaciones fáciles, para que todos puedan comprender el mensaje”. De ahí la definición del cristiano, que debe ser luz y sal. Pero ninguna de las dos cosas –observó Francisco– es para sí misma: “La luz es para iluminar al otro, y la sal para dar sabor y conservar al otro”.

Pero ¿cómo puede el cristiano entonces hacer que la sal y la luz no se desvirtúen –se preguntó el Pontífice– es decir, hacer que no se termine el aceite para encender las lámparas?

“¿Cuál es la batería del cristiano para hacer la luz? Sencillamente la oración. Tú puedes hacer tantas cosas, tantas obras, incluso obras de misericordia, puedes hacer tantas cosas grandes por la Iglesia –una universidad católica, un colegio, un hospital…– hasta te harán un monumento como benefactor de la Iglesia, pero si no rezas, aquello será un poco oscuro o sombrío. Cuántas obras se vuelven oscuras por falta de luz, por falta de oración. Lo que mantiene, lo que da vida a la luz cristiana, lo que ilumina es la oración”.

El cristiano sazona la vida de los demás con el Evangelio.

“Ilumina con tu luz, pero defiéndete de la tentación de iluminarte a ti mismo. Esta es una cosa fea, es un poco la espiritualidad del espejo: me ilumino a mí mismo. Defiéndete de la tentación de curarte a ti mismo. Sé luz para iluminar, sé sal para sazonar y conservar”.

La sal y la luz – reafirmó el Santo Padre al concluir su homilía – “no son para sí mismas”, son para darlas a los demás “en obras buenas”. Para que así –exhortó– “resplandezca su luz ante los hombres. ¿Para qué? Para que vean sus obras buenas y den gloria a su Padre que está en los cielos. Es decir, volver a Aquel que te ha dado la luz y te ha dado la sal…”.

(Del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, y http://es.radiovaticana.va/