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jueves 3 de agosto de 2017, 01:00

La red barredera

Hoy meditamos el evangelio según San Mateo 13, 47-53.

Desde el momento de la Encarnación podemos decir con sentido propio que Dios está con nosotros, con una presencia personal, real, y de una manera que es exclusiva de Jesucristo: Jesucristo, verdadero Hombre y verdadero Dios, tiene con nosotros una cercanía y proximidad mayor que cualquier otra que se pueda pensar.

Jesús está presente en nuestros Sagrarios con independencia de que muchos o pocos se beneficien de su presencia inefable. Él está allí, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma, con su Divinidad. Dios hecho Hombre; no cabe mayor proximidad. La Iglesia posee en su seno al autor de toda gracia, a la causa perenne de nuestra santificación. De alguna manera podemos decir que la presencia eucarística de Cristo es la prolongación sacramental de la Encarnación.

El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “El testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena muy sugerente.

Estas solían acompañar las celebraciones y las oraciones con la aclamación ‘Maranathá’, una expresión constituida por dos palabras arameas que, según como sean pronunciadas, se pueden entender como una súplica: ‘¡Ven, Señor!’, o como una certeza alimentada por la fe: ‘Sí, el Señor viene, el Señor está cerca’.

Es la exclamación con la que culmina toda la Revelación cristiana, al final de la maravillosa contemplación que se nos ofrece en el Apocalipsis de Juan. En ese caso, es la Iglesia- esposa que, en nombre de la humanidad, de toda la humanidad, y en cuanto su primicia, se dirige a Cristo, su esposo, deseando ser envuelta por su abrazo; un abrazo, el abrazo de Jesús, que es plenitud de vida y de amor.

Si pensamos en el juicio en esta perspectiva, todo miedo disminuye y deja espacio a la esperanza y a una profunda alegría: será precisamente el momento en el que seremos juzgados. Preparados para ser revestidos de la gloria de Cristo, como de una vestidura nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios”.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).