7 de diciembre
Miércoles
Poco nublado con tormentas
24°
31°
Jueves
Tormentas
22°
28°
Viernes
Lluvioso
21°
26°
Sábado
Muy nublado
20°
29°
Avatar
Avatar
Bienvenido,
Cerrar Cerrar
Cerrar
Login/Registración
Búsqueda
Cerrar
Opinión
domingo 10 de julio de 2016, 01:00

La ley en gorra

Por Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Los paraguayos tenemos un serio problema con la ley. Nunca la vimos como garantía de nada, y no estamos seguros de que suponga una obligación, no para todos, cuanto menos.

La ley sigue siendo para la mayoría de quienes habitamos estas tierras una sustancia viscosa, maleable, ambigua y ajena a la realidad de la vida que se rige por normas no escritas, con roles que no se definen por palabras escritas en el papel, sino por la fuerza contundente de los hechos, la ley del mbarete.

Y es que somos como animales domesticados a fuerza de recibir palos y premios. La interminable siesta stronista nos enseñó que no teníamos derechos salvo los que el dictador y sus secuaces tuvieran la benevolencia de reconocernos. Así, pues, los límites de lo que teníamos derecho a hacer nada tenían que ver con las fronteras trazadas por la ley.

Si a la autoridad, representada por cualquier funcionario público o activista partidario, se le antojaba que no podíamos caminar por las calles con una cabellera larga o la barba crecida, no había hábeas corpus que evitara que diéramos con nuestros huesos en prisión por mera portación de pelos.

En contrapartida, prácticamente no existía un coto para las acciones de quienes detentaban el poder de facto. La ley era solo un elemento ornamental sin uso para la farsa de la democracia stronista.

Con el advenimiento de las libertades fuimos recuperando terreno en materia de derechos, y el tiempo perdido y la bronca acumulada en pos de reivindicaciones que nunca llegaban nos enseñaron a tomar las calles, organizar sentatas y a gritar cada vez con más fuerza en la cara de los asalariados de la nómina pública, con razón o sin ella.

Y otra vez los límites de la ley se volvieron difusos, ahora para todos. Las reglas están ahí, pero a nadie parece importarle demasiado. La ley se torna maleable y esquiva en los tribunales, ambigua y extorsiva en manos de legisladores y sumisa ante la contundencia del dinero. Su descomposición desciende por la pirámide jurídica hasta las reglas más básicas.

No hay ordenamiento que se respete para formar una fila ni para el tránsito ni para cerrar una calle ni para nada. Y cuando la ley y las reglas son vulneradas, los roles se mezclan y confunden.

Entonces, un fiscal aduce ser autoridad en un control rutero y esgrime su carnet como manto protector para que no le revisen el auto; la policía observa paralizada cómo parientes retiran al autor de un accidente en evidente estado de ebriedad solo porque es famoso y tiene plata; el hijo de un magistrado lanza patadas voladoras a inspectores de tránsito y luego un fiscal los imputa.

Solo hay una forma de empezar a corregir este entuerto. La reforma judicial no es un reclamo de unos pocos puristas, es el grito desesperado de una democracia que corre el riesgo de ahogarse en una anarquía jurídica en la que la ley se compra, se alquila o se ningunea.