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Opinión
domingo 9 de julio de 2017, 01:00

La importancia de la pandorga

Luis Bareiro
Por Luis Bareiro

Un internauta me increpó porque anuncié en la radio que me tomaba unos días de vacaciones, y que durante ese breve pero necesario recreo no pensaba prestarle la menor atención al culebrón político ni a las horrorosas crónicas policiales, que desde el lunes mi única preocupación será intentar hacer volar una pandorga con mis hijas sin provocar un apagón en la ciudad.

El tuitero anónimo se escandalizó ante mi frivolidad y me reclamó el que me retirase cobardemente del escenario mediático justo cuando se libra –según su dramática perspectiva– la peor de las batallas por la democracia.

El hombre estaba convencido de lo que escribía. Me puse cursi y le dije que las piedras que encontremos en el camino no nos deben amargar el viaje. Craso error, para mi interlocutor devine en vulgar empleadito, burgués egoísta e hijo de mi madre. Quise retrucarle con humor y de la bronca y el insulto pasó al bloqueo.

En veinte años de ejercer la profesión aprendí a reconocer a estos chiitas de la coyuntura, gente convencida de que este es el peor o el mejor momento de la historia, que todo se define ahora mismo o nunca, que estás con ellos o en su contra, que sos café o leche, jamás un cortadito, ni hablar de un capuchino.

Convengamos en que efectivamente hay situaciones extremas en las que la neutralidad es cobardía, momentos en los que la posición que asumamos nos define. Pero pasado ese tiempo de elevada tensión es saludable relajarse un poco y contemplar el cuadro completo con la cabeza más fría.

El Paraguay de hoy no es el de los informes presidenciales ante el Congreso, pero tampoco la antesala del infierno. Sigue siendo dramático el número de pobres que hay en el país, pero es la mitad de lo que teníamos en el 2000. La distribución de la riqueza es espantosa, pero también es cierto que hay más riqueza que distribuir. Tenemos más deudas que nunca en la historia, pero también tenemos más reservas de las que jamás habíamos logrado acumular antes.

Hay un 50/50. Son demasiadas cosas por hacer, pero también muchas más posibilidades de hacerlas. Si lográramos despegarnos del personalismo enfermizo, de estos cachivaches que se creen imprescindibles y pudiéramos tener una visión institucional de más largo plazo, una visión de proceso donde hombres y mujeres fueran solo administradores ocasionales, podríamos superar estos sofocones recurrentes.

Cartes no es el fin ni el comienzo de todo, es solo una pieza más en el rompecabezas que venimos armando. Su vocación autoritaria es evidente, pero hasta ahora hemos frenado a todos los enanos fascistas que nos crecieron en el jardín. Este tiene más plata, pero es más torpe que los otros.

Hay que tenerlo bajo observación, pero no hay que obsesionarse con él. Que no nos robe la perspectiva de lo importante; las grandes reformas pendientes, salud, educación y justicia; y las negociaciones de Yacyretá ahora e Itaipú en 2023.

Y mientras seguimos debatiendo sobre todo eso, disfrutemos del viaje, que es corto y solo de ida. Yo por de pronto estaré el lunes intentando remontar una pandorga.