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Opinión
miércoles 8 de marzo de 2017, 02:00

La feminización del trabajo

Guido Rodríguez Alcalá
Por Guido Rodríguez Alcalá

"Mi papá trabaja mientras mi mamá prepara ricas comidas". Esto decía un texto escolar paraguayo de la década de 1980. Las cosas han cambiado desde entonces por diversas razones, incluyendo la globalización de la economía.

En todo el mundo, millones de mujeres que antes cocinaban ricas comidas, hoy son trabajadoras independientes. Una de las consecuencias de la globalización de la economía ha sido la feminización del trabajo. Entiéndase del trabajo pagado, porque siguen existiendo las que trabajan sin cobrar.

A nivel global, las mujeres hacen dos tercios del trabajo (pagado o no), pero reciben solamente el diez por ciento del ingreso y tienen solamente el uno por ciento de la propiedad. Esto dice el investigador norteamericano William I. Robinson, un crítico de la globalización y un estudioso de América Latina (en internet se encuentra buena información sobre él y sus publicaciones).

Junto con la feminización del trabajo, según Robinson, se ha dado una feminización de la pobreza. El norteamericano concuerda con el francés Thomas Piketty en que las últimas décadas, las de la liberalización o del neoliberalismo, que vienen a ser lo mismo, han sido de menor crecimiento y menor igualdad económica frente a las anteriores. A las anteriores, las que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, se las llama en Francia "las tres gloriosas": fueron tiempos de crecimiento y de redistribución del ingreso en beneficio de las clases populares.

Con la globalización, y en esto coinciden Robinson y Piketty con Joseph Stiglitz, los beneficios fueron para las clases de mayores ingresos. El aumento de la pobreza afectó más a las mujeres que a los hombres a nivel global. A nivel regional, Robinson señala que América Latina es la región de mayores diferencias.

Entre las teorías sobre el subcontinente está la siguiente: el problema de América Latina es la oposición entre un sector moderno y un sector tradicional; el progreso requiere el triunfo del moderno. Para Robinson no existe tal oposición, porque la globalización ha llegado a todos los sectores y la modernización ha sabido convivir con lo tradicional.

La vieja discriminación contra las mujeres no ha terminado con la llegada de las empresas transnacionales que quieren mano de obra barata: estas emplean preferentemente mano de obra femenina porque le pagan menos (en la industria textil y de la electrónica, ellas representan el 90% del trabajo).

Tampoco ha terminado la violencia: en zonas dominadas por las maquiladoras no ha disminuido, sino aumentado la violencia contra la mujer (incluyendo la agresión sexual y el asesinato). Sin negar que la globalización haya beneficiado a mujeres de clase media y alta, el autor piensa que el saldo final es negativo y falta mucho para alcanzar la igualdad.