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lunes 18 de julio de 2016, 01:00

La fe y los milagros

Hoy leemos a San Mateo 12, 38-42.

Leemos en el Evangelio de la misa, que se acercaron a Jesús algunos escribas y fariseos para pedirle un nuevo milagro que definitivamente les mostrase que él era el Mesías esperado; querían que Jesús confirmara con espectáculo lo que predicaba con sencillez.

Jesús no hará en esta ocasión más milagros y no dará más señales. No están dispuestos a creer, y no creerán por muchas palabras que les hable y por muchas señales que les muestre. A pesar del valor apologético que tienen los milagros, si no hay buenas disposiciones, hasta los mayores prodigios pueden ser mal interpretados.

San Juan nos dice en su Evangelio que algunos, aunque habían visto muchos milagros, no creían en él. El milagro es solo una ayuda a la razón humana para creer, pero si faltan buenas disposiciones, si la mente se llena de prejuicios, solo verá oscuridad, aunque tenga delante la más clara de las luces.

Nosotros pedimos a Jesús en esta oración que nos dé un corazón bueno para verle a él en medio de nuestros días y de nuestros quehaceres, y una mente sin prejuicios para comprender a nuestros hermanos los hombres, para jamás juzgar mal de ninguno de ellos.

El papa Francisco al respecto del Evangelio de hoy dijo: “La vida es un camino hacia la plenitud de Jesucristo, cuando vendrá por segunda vez. Esta generación busca un signo, pero, dice el Señor, no se le dará ningún signo, como no sea el signo de Jonás, es decir, el signo de la Resurrección, de la Gloria, de esa escatología hacia la que nos dirigimos. Y estos doctores estaban encerrados en sí mismos, no abiertos al Dios de las sorpresas, no conocían el camino y menos esta escatología.

Así, cuando en el Sanedrín Jesús afirma ser el Hijo de Dios, se rasgaron las vestiduras, se escandalizaron diciendo que había blasfemado. El signo que Jesús les da era una blasfemia. Y por este motivo, Jesús dice: generación malvada.

Si la ley no lleva a Jesucristo, si no nos acerca a Jesucristo, está muerta. Y por esto Jesús les reprende por estar cerrados, por no ser capaces de reconocer los signos de los tiempos, por no estar abiertos al Dios de las sorpresas”.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal).