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domingo 21 de mayo de 2017, 01:00

La esperanza del cielo

Hoy meditamos el Evangelio según San Juan 14, 15-21. En estos cuarenta días que median entre la Pascua y la Ascensión del Señor, la Iglesia nos invita a tener los ojos puestos en el cielo, nuestra Patria definitiva, a la que el Señor nos llama. Esta invitación se hace más apremiante cuando se acerca el día en que Jesús sube a la derecha del Padre.

El pensamiento del cielo nos ayudará a vivir el desprendimiento de los bienes materiales y a superar circunstancias difíciles. Es muy agradable a Dios que fomentemos esta esperanza teologal, que está unida a la fe y al amor, y en muchas ocasiones tendremos especial necesidad de ella. “A la hora de la tentación piensa en el amor que en el cielo te aguarda: fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad”. También en los momentos en que el dolor y la tribulación arrecien, cuando cueste la fidelidad o la perseverancia en el trabajo o en el apostolado. ¡El premio es muy grande!

Pensar en el cielo da una gran serenidad. Nada aquí es irreparable, nada es definitivo, todos los errores pueden ser reparados.

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “El Espíritu Santo derramado en Pentecostés en el corazón de los discípulos es el inicio de una nueva época: la época del testimonio y de la fraternidad. Es un tiempo que viene de lo alto, de Dios, como las llamas de fuego que se posaron sobre la cabeza de cada discípulo. Era la llama del amor que quema cualquier aspereza”.

“Como ese día de Pentecostés, el Espíritu Santo se derrama continuamente hoy sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros para que salgamos de nuestra mediocridad y comuniquemos al mundo entero el amor misericordioso del Señor”.

Asimismo, se extracta por su importancia lo dicho por el Sumo Pontífice el pasado miércoles en su Audiencia General: “En nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha vivido más de una noche en su camino de madre. Desde su primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura se perfila como si fuera el personaje de un drama. No era un simple responder con un “sí” a la invitación del ángel: y sin embargo, ella, responde con valor”.

“María en ese instante se nos presenta como una de las muchas madres de nuestro mundo, valientes hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo ser”.

Ese “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias –¡larga lista de obediencias!– que acompañarán su itinerario de madre.

En esta disposición hay un rasgo bellísimo de la sicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir en la dirección correcta. No es ni siquiera una mujer que protesta con violencia, que se queja. En cambio es una mujer que escucha. María acoge la existencia tal y como se nos entrega, con sus días felices, pero también con sus tragedias con las que nunca querríamos habernos cruzados...”

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net)